Mostrando entradas con la etiqueta gorilas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gorilas. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de junio de 2008

Es la democracia, estúpidos

La llamada “crisis del campo”, lejos de resolverse luego del último, mesurado discurso de la Presidenta, parece deslizarse por senderos peligrosos para la República.
Ya el país sabe que fue mentira el enfrentamiento entre dos “partes”. Hoy todos sabemos que “el campo” es, en realidad, un sector de empresarios rurales que protestan porque van a ganar menos de lo que tenían pensado. Y todos sabemos, también, que el Gobierno metió la pata, no la sacó a tiempo y sigue confundido.


Pero lo que no parece claro –y hay que evidenciar– es que lo que este conflicto puede estar esmerilando, y muy velozmente, es a la democracia misma.
No importa si la sociedad argentina se merece esto o no. Tampoco importa tanto tal o cual retención, o si el malo de la película es Néstor o es Cristina.
Acá y ahora el debate profundo es si llegamos al final de un ciclo de 25 años de democracia imperfecta y volvemos para atrás; o si mejoramos las instituciones de la Constitución Nacional para avanzar hacia una democracia más justa, eficiente y distributiva.

Hay gente humilde que repite consignas vacías porque creen creer lo que les dicen la radio, la tele y los grandes diarios. Hay los que fueron tocados en sus intereses y hay un fuerte resentimiento en otros cuya situación económica no lo justificaría. Y hay, incluso, personas con largas trayectorias progresistas en posiciones inesperadamente retrógradas.
Todos buena gente, acaso lanzados sin saberlo contra la democracia. A la que culpan de todo cuando dicen que “esto no es una democracia”. A partir de esa negación, avalan un insurreccionalismo suicida como el que ha instalado astutamente el PCR, montado a caballo de la ingenuidad política de muchos y del cretinismo de otros.

Esa confusión es gravísima, porque ignora o niega que una cosa es la democracia y otra son los malos gobiernos.
Uno puede tirar la bronca contra este o aquel gobierno, o contra todos, pero eso es criticar una gestión. Que se puede cambiar. Todo puede cambiarse dentro de la Constitución y la ley. Precisamente por eso la democracia nunca es culpable y, al contrario, es la mejor garantía de cambio.
Parece mentira tener que recordar que la democracia es la lenta construcción de convivencia que venimos haciendo desde el ’83 y que hoy nos permite mantener la serenidad, tolerando la mentira contumaz que fluye del dial y de la tele, hoy repertorio de lugares comunes, editorialización disfrazada de información y censura de las ideas diferentes.

Más allá de matices, intereses corporativos o razones económicas, lo que el sector rural está haciendo desde hace tres meses es minar las bases de esa convivencia. Acaso la mayoría de ellos no lo ve, o no lo quiere ver, pero es la democracia la que está siendo esmerilada. Por eso huelgan todas las comparaciones con piquetes y piqueteros anteriores.
Con el espejismo de un dizque “nuevo federalismo” claramente anticonstitucional, y con la renovada demonización del “Estado” que para ellos encarna el matrimonio K, enormes porciones de las clases medias y altas se tragaron la masita envenenada de “campo versus Gobierno” y con eso revivieron lo peor de la Argentina: la polarización de posiciones. La vida nacional en blanco y negro.

Algunas entidades de elite, los pools sojeros, el capital más concentrado de la agroganadería, incluso sectores protegidos dentro del mismo Gobierno K, junto a prácticas periodísticas abyectas, están carcomiendo la democracia.
Generan desaliento, liman la confianza en las instituciones, instalan la idea de caos, descontrol y “desgobierno”. Todo eso que antaño precedía a los golpes militares.
En entusiasta coro anuncian que se acabó el crecimiento; que la inflación nos fagocita; que la economía se desmorona; que las encuestas “muestran” el desprecio popular hacia los K y así siguiendo.

Incluso proclaman un desabastecimiento que ha de estar sólo en Buenos Aires –es hora de que se enteren– porque aquí en el Chaco, mientras escribo esta nota, no hay desabastecimiento de nada. Supermercados, carnicerías, verdulerías, almacenes y ferias de barrio están como siempre. La semana pasada vi lo mismo en Santiago del Estero y en Tucumán, Córdoba y Rafaela. Y anoche en Corrientes. Debemos ser marcianos entre góndolas llenas.

Tal como hicieron todos los golpes de Estado, operan sobre las clases medias. Atemorizan, amenazan, golpean. Así es como golpean. Confundiendo, golpean. Gritando como el desaforado señor De Angeli. Y mezclándolo todo: resucitados chinoístas con caceroleros de Barrio Norte; insurreccionalistas atrasados un siglo junto a la vieja oligarquía terrateniente; paisanos con gente paqueta de Barrio Norte; la correntina Pando con represores retirados de Recoleta. Todos exaltados y con escarapela.

Y con ellos, muchos chacareros verdadera y sinceramente afectados, pero con el libreto escrito por discípulos de Neustadt y Grondona.
Biblia y calefón, mondongo con dulce de leche, lo que se oculta es la soja transgénica que en casi todo el mundo se prohíbe pero aquí protegen todos, incluso el Gobierno. Y que arruina la tierra porque glifosato mata humus, y con eso no hay tutía. En Europa no se permite ni un metro cuadrado de transgénicos (salvo experimentales) y Francia acaba de cerrar incluso la importación. Pero de eso acá ni se habla y por eso es imperativo desnudar las tramas mentirosas que hoy difunden incluso los más inteligentes colegas, devenidos verdaderos dirigentes opositores.

En cuanto al Gobierno –al que voté y sin embargo cuestiono cada vez más por su torpeza y poca transparencia– se trata de defender la terminación de su mandato en 2011, para que sea sustituido, si ésa es su voluntad, por los votos del soberano. Y federalismo sí, claro, pero no más con “puebladas” inducidas.

Por eso es también un peligro que el Gobierno no reaccione. Su propia incongruencia le extravía el buen juicio y por eso no sabe ofrecerle a la sociedad una rápida salida a la emergencia; ni propone una reforma agraria surgida de un sano debate nacional como el que debe hacerse sobre retenciones, radio y televisión y derecho a la información. Por eso está el Congreso semicongelado; por eso mienten estúpidamente el índice inflacionario; y por eso junto a ministros y funcionarios que son de lujo se apuntalan otros que debieran ser corridos, por corruptos o por ineptos.

Lo peor de la Argentina ha vuelto. Junto a genuinos y heroicos chacareros, y desplazado ya el campesinado más pobre, los monstruos del pasado operan travestidos (con perdón de los travestis) en ruidoso montón.

Sólo que como esta vez se topan con una sociedad que hizo culto de la memoria, veremos quién gana. Porque en esto sí hay dos sectores: los demócratas y los “destituyentes”, como se dice ahora, conscientes o no.

por Mempo Giardinelli.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El 25 de mayo planté un zapallo...

El escenario del 25 y sus actores
Por Ricardo Forster

La escenografía no dejaba de ser al mismo tiempo espectacular y cargada de simbolismo: por un lado, el Monumento a la Bandera, con su arquitectura que recuerda antiguos y trasnochados sueños de grandeza (esa que supo inspirarse en la monumentalización tan cara a ciertos totalitarismos europeos), sueños que poco se vinculan con el ideario de mayo y de uno de sus representantes más genuino, humilde e intelectualmente más brillante en tanto heredero del igualitarismo ilustrado, me refiero a Manuel Belgrano; del otro lado y bien hacia el fondo, los contornos del río Paraná con sus múltiples puertos cerealeros, que han convertido a Rosario en capital de las exportaciones de granos argentinos ofreciéndole, a la Chicago local, una extraña fisonomía que cruza al socialismo con las grandes corporaciones portuario-cerealeras, como si dijéramos a Juan B. Justo con Patrón Costas o a Repetto con Martínez de Hoz (¿tal vez por eso el intendente se dio una vuelta por el monumento aunque desistió de subir al escenario?). Y de espaldas al río un palco en el que se colocaron los representantes de las cuatro entidades que llevan adelante la confrontación más larga que se conozca contra un gobierno democrático (jamás, obviamente, se levantaron contra las diversas dictaduras de las que varias de ellas formaron parte y mucho menos lo hicieron contra el menemismo, que casi los aniquila con su modelo convertible). Allí estaban, entre otros, el i-nefable De Angeli, en nombre de la Federación Agraria pero también de los Autoconvocados; Miguens, de la paqueta Sociedad Rural junto a Llambías, de la CRA, y con su pose de argentino piola, ese que se las sabe todas (con pinta más de porteño que de chacarero o de gringo), Eduardo Buzzi, presidente de una travestida FA que encontró su lugar bajo el sol en medio de sus antiguos enemigos de clase. Allí estaban todos, exultantes bajo el sol de mayo y experimentando un verdadero baño de multitud (eso sí, bien limpia y rubia).

Entre los recursos ya gastados de la política nacional está eso de declararse apolítico, de construir el más formidable acto opositor desmintiendo, al mismo tiempo, cualquier intención política. Ellos, los “ruralistas”, los dueños de la tierra, los autoproclamados “productores”, no se ensucian con la política, sus preocupaciones tienen que ver con asuntos genuinos e importantes; de la misma manera que esa multitud blanca, bien vestida, casi hasta la elegancia, que llegó por sus propios medios en confortables vehículos, es lo opuesto a la “negrada” que es movida por el sucio clientelismo, que va en pos de unos pocos pesos y de algún choripán. Allí, al pie del Monumento a la Bandera y de espaldas al Paraná estaba la Argentina honesta, trabajadora, solidaria con sus propios intereses, republicana como gusta proclamar una ilustre chaqueña que suele ofrecernos frases brutales; la que escucha con deleite la sabiduría de Mariano Grondona o que lee atentamente La Nación; la que sin sonrojarse se declara prácticamente en ruinas mientras va acumulando una renta fabulosa, esa que llevó a muchos de esos “chacareros” a convertirse en impulsores de la construcción al comprar propiedades en pueblos y ciudades de todo el país, como para hacer algo con el dinero ganado con la soja. Esa masa, porque mal que les pese también son una “masa”, fue la destinataria de los “mesurados” discursos de los dirigentes ruralistas, de la misma manera que también constituye el soporte social de una nueva/vieja derecha argentina que va ocupando decididamente posiciones en el escenario.


El “gringo” de Gualeguaychú vociferó su discurso semianalfabeto, rústico no por ser portador de la rusticidad del hombre de campo, sino por pura ignorancia, esa que festejan ciertos medios de comunicación como equivalente a palabra justa y honesta, esa que nace de los sentimientos “puros” de quien trabaja con sus manos la tierra careciendo de tiempo para refinarse culturalmente. Su discurso fue brutal, desafiante, entremezclado y esencialmente violento. El presidente de Coninagro fue, tal vez, el más medido, el que buscó palabras de diálogo en un ámbito poco propicio para esos mensajes. Miguens tartamudeó un discurso leído en el que volvió a reiterar las demandas de la Sociedad Rural, en especial la que hace blanco en las diabólicas retenciones móviles; Llambías encontró su lugar en el mundo agitando a las multitudes y concluyendo su intervención echando mano a una impensada trilogía siempre ausente de la patria agroganadera y que remite, más bien, a viejos y anquilosados populismos: reclamó una patria justa, libre y soberana (¿qué hubiera dicho el inefable Jauretche ante tanto cinismo?, ¿sabrá Llambías que a la CRA y a sus socios siempre les interesó hacer imposible la realización de esa demanda y que saludaron la llegada del último golpe militar que asesinó a miles de aquellos que portaban esos ideales?). Y finalmente le tocó el turno a Buzzi, que pareció estar en su salsa. Tomo de su discurso una sola frase que, como si hubiera sido una fisura del inconsciente que sobrevolaba a la multitud y a los ruralistas, expresó con meridiana claridad el deseo manifiesto de los congregados alrededor del monumento: “El obstáculo para el crecimiento argentino se llama: los Kirchner”. ¿Hay que ser semiólogo para dar cuenta del sentido de esta frase? Su carácter destituyente de la legitimidad de un gobierno democráticamente elegido por la mayoría del pueblo argentino en octubre último es más que evidente. Ese fue el eje argumental de Buzzi que no dudó, con extraordinario cinismo, en hablarle a esa multitud de la gesta de las Madres de Plaza de Mayo, que utilizó conceptos venerables como el de distribución de la riqueza para apuntalar un gesto destituyente y una demanda de apropiación sectorial de la enorme renta agraria. Extraña parábola la de un dirigente que provenía del campo popular y que hoy se coloca en la vanguardia de un proyecto político-económico que busca abortar cualquier otra alternativa que no gire en torno del ideario de los dueños de la tierra, incluso allí donde lo hace en nombre de los pequeños productores herederos del “grito de Alcorta”.


Quedará para otra columna analizar el endeble acto encabezado por Cristina en Salta, que viene a reforzar la debilidad que viene mostrando el Gobierno; una debilidad montada sobre gruesos errores políticos que de no revertirlos compromete su propia marcha. En un tiempo argentino que parece querer retroceder hacia momentos de incertidumbre y crisis, de esas que ya conocimos en el pasado reciente, se vuelve imperativo que desde los mandos de decisión se asuman las responsabilidades, en especial aquellas que implican profundizar un modelo redistributivo que no se sostenga en el soliloquio ni en los acuerdos exclusivos con las corporaciones económicas, sino que se abra hacia otros actores sociales, económicos y políticos sin los cuales es muy difícil llevar adelante un conflicto tan grave como el que han desencadenado las organizaciones de los dueños de la tierra.

domingo, 25 de mayo de 2008

Cuerpos peronistas

El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando, tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias. Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien, un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una primera vez de calmas burbujas personales en suspenso.

Antes había conocido marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.

Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo en dialectos.

El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones, era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.

Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante décadas se llamó “gorilaje”, que observar una escena patética entre peronistas que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?

Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo y descarnado que revise la palabra “lealtad”? ¿Qué significará, nos preguntamos los no peronistas, la “lealtad” peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra “lealtad” a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas, o al “conjunto peronismo”, en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?

Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí mismos todo lo horrible. “¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de los pueblos, de su adolescencia?”, se pregunta.Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior, disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo: la medida, la armonía, “todo en su medida y armoniosamente”. Perón sabía.

Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a esa extraña pasión argentina.

Y ya que estamos...

El dibujo de Sábat
Por Sandra Russo

Hermenegildo Sábat es un artista notable, un exquisito de la caricatura, y es además un hombre admirado y respetado por actitudes como la que tomó ahora: no decir una sola palabra sobre el dibujo que publicó el martes y sobre el que escupió fuego la Presidenta. No contestar un agravio es una actitud de caballero.

También es una actitud que ayuda a constituir a un agraviado. No hay voz, en la lengua, o por lo menos no se me ocurre ahora, que celebre al agraviado que contesta. Un dato interesante, que refuerza la idea de que la lengua no es más que un fabuloso aparato de poder. Cristina, sin ir más lejos, se sintió agraviada y contestó. En la puesta en escena pública, Sábat es el que no contesta el agravio, el caballero. Hubo una larga época de mi vida en la que trabajaba con caricaturistas, en Humor y en Superhumor, y sé que también para ellos Sábat es el mejor, lejos, el más admirado. Básicamente, y ése es el argumento que más veces escuché, porque él encarna más que nadie la posibilidad de la caricatura derivada en la obra de arte.

Ahora bien: sobre arte y política hay mucho escrito, no vamos a volver a escribir que la excelencia del arte no garantiza en absoluto ni su claridad ni su intencionalidad política, incluso mucho más allá de las propias intenciones de su autor. Que al fascismo lo inventó un poeta, Marinetti, que creía exclusivamente en el futuro.
Yo miro siempre los dibujos que Sábat publica en Clarín, porque me encantan, como a tantos. Y siempre el ojo busca el mensaje. Y no un mensaje mafioso o cuasimafioso, claro, pero sí un mensaje. La caricatura es una de las artes más obstruidas para liberarse de eso que en la literatura, en el cine o en las artes plásticas ya es cliché, vulgar, pesado. El mensaje, ni más ni menos. La moraleja. Un decir del autor a través de su obra. Un editorial. Un caricaturista no puede impedir que su caricatura “diga algo”, porque ésa es la esencia del oficio: no sólo captar rasgos generales de las fisonomías y reproducirlos para causar gracia, sino captar los rasgos que delaten un carácter.

El martes por la mañana me había quedado un rato largo mirando el dibujo que irritó tanto a la Presidenta. El ojo buscó, como siempre, la palabra Sábat en el dibujo, pero el mensaje era doble y, por lo tanto, confuso. Los que mejor resuelven una caricatura son los mensajes simples y fuertes. En el dibujo, a la Presidenta le salía un Kirchner del costado izquierdo de la cara. Eso era un mensaje. Pero la cosa se complicaba con la boca tachada de la Presidenta. Había que cruzar esas dos informaciones y concluir algo, desencriptar el texto. Y ahí, con esos dos signos abiertos pendientes de su reunión en un significado, podían leerse demasiadas cosas.

La que yo leí por mi cuenta, por la mañana, y me pareció realmente estúpida, era que Cristina no tiene voz propia, y que su apuntador es Kirchner. Como sé que Sábat nunca simpatizó con nada vinculado al peronismo, supuse que era un dibujo misógino, gorila, en fin, un mal dibujo. Ese es el riesgo que toma la caricatura: debe decir algo que el receptor interprete de inmediato y que coincida con su propia lectura del mundo, sea en forma consciente o inconsciente. Sábat y yo, como receptora, percibimos el mundo de maneras distintas, dormidos y despiertos. Cuando eso se hace evidente, no hay romance artístico posible.

De todos modos, por lo caliente del conflicto y por las circunstancias particulares (el texto que lo rodeaba) en las que fue publicado ese dibujo, me llamó la atención su pobreza. O decía algo demasiado trillado, demasiado meneado, demasiado bobo, o decía algo que yo no alcanzaba a entender. Las buenas caricaturas se entienden al vuelo, se comprenden casi antes de terminar de mirarlas. El final de la mirada ya es de reconocimiento.

La Presidenta lo interpretó como un “mensaje cuasimafioso”, una yunta de palabras que cayó como un kilo de masas de sabayón. Y se preguntó: “¿Qué me quieren decir, qué es de lo que no puedo hablar, qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?”. Evidentemente, ella lo había leído de otra manera. Yo, la verdad, me quedé intrigada. Me hubiera gustado, pero por mi intriga, que Sábat dijera qué quiso decir con el dibujo.

Por lo demás, los caricaturistas, que siempre hicieron bien y lo seguirán haciendo cuando reclaman su total libertad de expresión, deberían comprender también que aquellos a quienes caricaturizan no firmaron con ellos ningún contrato de des-ofensa. Que es la ley de la caricatura la que dice que los caricaturizados deben guardar silencio, “soportarlos”. Es la mítica de la caricatura. ¿Pero cuál es entonces la restricción moral de la caricatura, si da por supuesto que criticarla es de por sí “intolerancia”?

En una democracia (y esto es tan obvio y sin embargo tan poco presente en los medios), todos son pasibles de críticas. Todos los sectores y todos los estamentos. El periodismo también.

Que no deban ser nunca censurados, ni las caricaturas ni los medios, no implica que no puedan ser criticados por aquellos que se sienten agraviados por sus notas o sus dibujos. La libertad de prensa no implica en absoluto el silencio obligado de quienes son a su vez criticados por los medios. Lo que implica la libertad de prensa es que todos los sectores puedan hacer públicas sus opiniones. Llega hasta ahí.

La ambigüedad promueve las interpretaciones. El artista lo sabe. Y el estilo del esbozo, de la sugerencia, en lo estilístico, es una impostación de tiempos de censura. Yo básicamente lo que escucho en los medios sobre Cristina son insultos. Me resulta hasta inquietante que se ponga en duda la libertad de prensa.

Si hay algo que deben admitir los caricaturistas es el enorme peso político de sus lecturas sin texto. Cuando el mensaje es simple y fuerte su decir es tan potente, que el principal órgano de oposición durante la dictadura fue la revista Humor. Y claro que me acuerdo de la tortuga de Illia. Pero los caricaturistas no están exentos de responsabilidades ni ubicados más allá de la crítica. Y deben hacerse cargo de sus mensajes, sin ningún adjetivo. De sus mensajes.


Los nuevos viejos tiempos

Quién le importa a quién:

Lo digo desde afuera: yo no sé qué es más raro, si un peronista o un gorila. Y quién nos iba a decir que en plena posmodernidad, ahora que estamos tan cool, con los índices económicos tan para arriba, con los taxistas puteando por la densidad del tránsito y las automotrices y los bancos publicitando a lo loco autos y créditos, en una elección para la Jefatura de Gobierno de Buenos Aires se iba a poner en juego, nuevamente, desempolvada, aquella dicotomía nacional que interrumpieron los golpes de Estado sucesivos, sólo interrumpidos, desde el ’30, por el gobierno peronista, y medio siglo más tarde el gobierno radical de Alfonsín, con el que arrancó el pedazo de historia que estamos viviendo.

Trabajo con el lenguaje y tengo la sensación de que estoy escribiendo en una lengua infestada, sucia, manchada con el orín y la sangre de mucha gente. La lucha por el poder siempre fue primero una lucha por el lenguaje, y la derecha lo sabe. La izquierda, pobre, se unió para llamar al voto en blanco, en una nueva torpeza de mirada, diagnóstico y empatía popular, afirmando con ese llamado que Macri y Filmus son lo mismo. Les pasa lo mismo que a la Iglesia Católica: atrasan tanto que se quedan sin fieles y se van a quedar hasta sin curas.

Cuando todavía la imagen presidencial estaba muy, muy arriba, comenzó a germinar un discurso que la derecha supo usar. Pero no importa tanto que la derecha lo haya sabido usar: la derecha creó nada menos que “el ser nacional”, ese engendro hecho de palabras, imágenes, abstracciones y sentencias en nombre de las cuales se cometieron miles de crímenes. Lo raro es que, a esta altura, y viniendo de las atrocidades que venimos, ese discurso según el cual había que “impedir que Kirchner ejerciera un poder hegemónico” haya prendido en gente progre, en buena gente que pese a todo lo que no termina de soportar es el sello peronista de este gobierno, y lo que el peronismo sigue implicando no ideológicamente, porque en esa materia es la misma bolsa de gatos de siempre, sino casi diría... etnográficamente.

Una vez escribí una nota que se llamaba “Cuerpos peronistas” y no me acuerdo exactamente sobre qué era, pero recuerdo el título y vuelven a mi mente esos cuerpos viciados de tinto barato y sudor, esa debilidad por el sonido atronador de los bombos y la liberación de endorfinas cuando la marcha partidaria los hermana a todos, sobre todo porque no se bancan, y conspiran unos contra otros. Son raros los peronistas, de acuerdo. Pero más allá de la incapacidad de uno para ponerse en el lugar de un peronista, para lo cual es necesario tener un cuerpo peronista, es absurdo no alcanzar una mínima perspectiva para advertir que cualquier cambio en serio en la Argentina debe incluir al peronismo.

Los gorilas son todavía más raros. No los gorilas conservadores, porque ésos han estado siempre en contra de los negros. A mí me llaman la atención los gorilas de la progresía. Esa gente que parece que corre al peronismo por izquierda, y termina dándole de comer en la boca a la derecha. Esa gente que en su momento, por ejemplo, simpatizó con Elisa Carrió, antes de que ella misma descarriara, y se excusaba en las buenas costumbres y los buenos modales y la moral y el parto doloroso para no internarse más en su rechazo al gobierno peronista. Esa buena gente que “comprende” que una persona de bien de Barrio Norte desee ver liberada su cuadra de cartoneros, como antes de piqueteros, porque en el fondo son negros. Perdón por el énfasis, pero la lengua está tan maltratada, que hay que escribir muy claramente lo que se piensa: esta ciudad siempre tuvo una mayoría educada y arreglada y limpita, que no soporta a los negros, a los villeros, a los desamparados.

No estamos naciendo de un repollo: todas estas pobres almas que vagabundean por aquí son las víctimas de un modelo que la clase media acompañó. El corralito apareció como la burla de la historia: pero es increíble que pese a ese desastre al que llevó el modelo que sigue siendo el de Macri, esa gente privilegie su aversión al peronismo por sobre su propia suerte en la historia, que para los Macri, con sus miles y miles de despidos, está unida a la de los negros.

La derecha, bueno. Vota derecha. Pero los demás, los que tienen la suficiente sensibilidad para entender que un ser humano de Lugano tiene tanta dignidad como uno de Barrio Parque; los que pueden entender que un vendedor ambulante tiene la misma dignidad que un abogado; los que pueden entender que hay más gente que bienes, y que eso trae conflictos naturalmente, y que la calle está para circular pero también para reclamar, ¿qué están votando?

El poder hegemónico es el que manejaron ellos. A ellos les hicieron caso todos los gobiernos, militares y civiles. El poder hegemónico es algo mucho más global y siniestro que el folklore peronista que tanto rechazo les causa. Han comprado ese buzón y lo repiten. Están siendo, una vez más en la historia argentina, “idiotas útiles”, esa calificación que ellos mismos inventaron para hacerles creer, en otros tiempos, otras mentiras que ellos simularon creer para templar sus conciencias.

Por Sandra Russo (22/06/07)