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domingo, 25 de mayo de 2008

Cuerpos peronistas

El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando, tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias. Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien, un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una primera vez de calmas burbujas personales en suspenso.

Antes había conocido marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.

Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo en dialectos.

El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones, era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.

Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante décadas se llamó “gorilaje”, que observar una escena patética entre peronistas que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?

Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo y descarnado que revise la palabra “lealtad”? ¿Qué significará, nos preguntamos los no peronistas, la “lealtad” peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra “lealtad” a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas, o al “conjunto peronismo”, en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?

Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí mismos todo lo horrible. “¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de los pueblos, de su adolescencia?”, se pregunta.Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior, disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo: la medida, la armonía, “todo en su medida y armoniosamente”. Perón sabía.

Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a esa extraña pasión argentina.

Los nuevos viejos tiempos

Quién le importa a quién:

Lo digo desde afuera: yo no sé qué es más raro, si un peronista o un gorila. Y quién nos iba a decir que en plena posmodernidad, ahora que estamos tan cool, con los índices económicos tan para arriba, con los taxistas puteando por la densidad del tránsito y las automotrices y los bancos publicitando a lo loco autos y créditos, en una elección para la Jefatura de Gobierno de Buenos Aires se iba a poner en juego, nuevamente, desempolvada, aquella dicotomía nacional que interrumpieron los golpes de Estado sucesivos, sólo interrumpidos, desde el ’30, por el gobierno peronista, y medio siglo más tarde el gobierno radical de Alfonsín, con el que arrancó el pedazo de historia que estamos viviendo.

Trabajo con el lenguaje y tengo la sensación de que estoy escribiendo en una lengua infestada, sucia, manchada con el orín y la sangre de mucha gente. La lucha por el poder siempre fue primero una lucha por el lenguaje, y la derecha lo sabe. La izquierda, pobre, se unió para llamar al voto en blanco, en una nueva torpeza de mirada, diagnóstico y empatía popular, afirmando con ese llamado que Macri y Filmus son lo mismo. Les pasa lo mismo que a la Iglesia Católica: atrasan tanto que se quedan sin fieles y se van a quedar hasta sin curas.

Cuando todavía la imagen presidencial estaba muy, muy arriba, comenzó a germinar un discurso que la derecha supo usar. Pero no importa tanto que la derecha lo haya sabido usar: la derecha creó nada menos que “el ser nacional”, ese engendro hecho de palabras, imágenes, abstracciones y sentencias en nombre de las cuales se cometieron miles de crímenes. Lo raro es que, a esta altura, y viniendo de las atrocidades que venimos, ese discurso según el cual había que “impedir que Kirchner ejerciera un poder hegemónico” haya prendido en gente progre, en buena gente que pese a todo lo que no termina de soportar es el sello peronista de este gobierno, y lo que el peronismo sigue implicando no ideológicamente, porque en esa materia es la misma bolsa de gatos de siempre, sino casi diría... etnográficamente.

Una vez escribí una nota que se llamaba “Cuerpos peronistas” y no me acuerdo exactamente sobre qué era, pero recuerdo el título y vuelven a mi mente esos cuerpos viciados de tinto barato y sudor, esa debilidad por el sonido atronador de los bombos y la liberación de endorfinas cuando la marcha partidaria los hermana a todos, sobre todo porque no se bancan, y conspiran unos contra otros. Son raros los peronistas, de acuerdo. Pero más allá de la incapacidad de uno para ponerse en el lugar de un peronista, para lo cual es necesario tener un cuerpo peronista, es absurdo no alcanzar una mínima perspectiva para advertir que cualquier cambio en serio en la Argentina debe incluir al peronismo.

Los gorilas son todavía más raros. No los gorilas conservadores, porque ésos han estado siempre en contra de los negros. A mí me llaman la atención los gorilas de la progresía. Esa gente que parece que corre al peronismo por izquierda, y termina dándole de comer en la boca a la derecha. Esa gente que en su momento, por ejemplo, simpatizó con Elisa Carrió, antes de que ella misma descarriara, y se excusaba en las buenas costumbres y los buenos modales y la moral y el parto doloroso para no internarse más en su rechazo al gobierno peronista. Esa buena gente que “comprende” que una persona de bien de Barrio Norte desee ver liberada su cuadra de cartoneros, como antes de piqueteros, porque en el fondo son negros. Perdón por el énfasis, pero la lengua está tan maltratada, que hay que escribir muy claramente lo que se piensa: esta ciudad siempre tuvo una mayoría educada y arreglada y limpita, que no soporta a los negros, a los villeros, a los desamparados.

No estamos naciendo de un repollo: todas estas pobres almas que vagabundean por aquí son las víctimas de un modelo que la clase media acompañó. El corralito apareció como la burla de la historia: pero es increíble que pese a ese desastre al que llevó el modelo que sigue siendo el de Macri, esa gente privilegie su aversión al peronismo por sobre su propia suerte en la historia, que para los Macri, con sus miles y miles de despidos, está unida a la de los negros.

La derecha, bueno. Vota derecha. Pero los demás, los que tienen la suficiente sensibilidad para entender que un ser humano de Lugano tiene tanta dignidad como uno de Barrio Parque; los que pueden entender que un vendedor ambulante tiene la misma dignidad que un abogado; los que pueden entender que hay más gente que bienes, y que eso trae conflictos naturalmente, y que la calle está para circular pero también para reclamar, ¿qué están votando?

El poder hegemónico es el que manejaron ellos. A ellos les hicieron caso todos los gobiernos, militares y civiles. El poder hegemónico es algo mucho más global y siniestro que el folklore peronista que tanto rechazo les causa. Han comprado ese buzón y lo repiten. Están siendo, una vez más en la historia argentina, “idiotas útiles”, esa calificación que ellos mismos inventaron para hacerles creer, en otros tiempos, otras mentiras que ellos simularon creer para templar sus conciencias.

Por Sandra Russo (22/06/07)

jueves, 15 de mayo de 2008

Progresismo

Carta abierta a Carlos "Chacho" Álvarez:

El Plan Cóndor y el Consenso de Washington, o sea el terror de Estado y las democracias restringidas, nos dejaron como secuela más inmediata el miedo, que a mi juicio es el peor enemigo del alma humana...

...el miedo derivó en egoísmo con todos sus matices: consumismo, hedonismo, individualismo, absoluta pérdida de la noción de comunidad en todos sus niveles, escepticismo, autoritarismo, xenofobia, o sea, profunda derrota cultural, a mi juicio, la más grave de todas las derrotas, mucho más que las que sufrimos como pueblo en el plano económico, político y social.

Una de las grandes medicinas para “este mal de espíritu” de las clases medias quebradas culturalmente fue el progresismo, cuya más alta expresión política y mentor de la misma fue y es el profesor Carlos “Chacho” Álvarez.

Este supone que para afrontar la crisis de los sectores medios es necesario no confrontarlos, “hacer surf” sobre la derrota y construir los consensos posibles que permitan establecer una agenda política de transformación.

El target del progresismo indica figuras lánguidas, mesuradas, que no “hagan olas”, que no propongan nada alternativo a la derrota, que se limiten a cumplir con el mandamiento que dice “no robarás". En lo político construyeron herramientas, independientemente de su presente con Eduardo Sigal a la cabeza, con un profundo sentido autoritario, como fue el Frente Grande, el Frepaso, la Alianza, donde se despreciaba la participación popular, las listas de candidatos se armaban a dedo, y si alguna vez hubo elecciones, fue porque los matanceros fuimos a la justicia y obtuvimos un contundente triunfo en este sentido. Álvarez renunció antes de la catástrofe, terminó pidiendo que Cavallo fuera el jefe de gabinete de De la Rúa, jactándose de que cada día se sentía más neoliberal, es decir se arrodilló frente al no se puede, al pensamiento único hegemónico en esos tiempos.

Coincido con Álvarez en que no debemos entregar a la clase media a un proyecto conservador, sin embargo, el debate que propongo es si a esas clases medias (profesionales, chacareros, trabajadores formales, comerciantes, etc.) se las suma en estos tiempos, evitando hablar de la maniobra contraria a los intereses de las mayorías nacionales y populares, de los que esos sectores medios son objetivamente parte, aunque muchas veces se identifiquen con los sectores dominantes.

Es cierto que dejar una parte de los sectores medios y de la pequeña burguesía en manos de la oligarquía es un error que se paga caro, ya que estos terminan siendo la base social de la desestabilización de gobiernos elegidos mayoritariamente por el pueblo. Esa definición que necesitamos de los sectores medios creemos que se resolverá si se tiene conciencia del conflicto histórico que existe entre los intereses de la puta oligarquía y el pueblo, del que los sectores medios forman parte.

El progresismo argentino se fue junto con De la Rúa en helicóptero. Hoy Álvarez nos sorprende a todos y en especial a los Kirchner con un oportunismo desleal y ecléctico. Reaparece de la mano del grupo Clarín que sospechosamente lo promociona, hostigando al nacionalismo popular, denostando a Jauretche y haciendo afirmaciones temerarias que tienen una fuerte carga de desprecio cuando afirma que “no se puede convocar a dirigentes a los cuales la negritud no reconoce” en obvia alusión a mi persona.

Álvarez, la primera vez que Ud. pudo hacer una acto de masas en el conurbano en 1997, fue en La Matanza de mi mano, quien fui su primer candidato a concejal por ese distrito en primer término, donde sacamos 237 mil votos y le empatamos al pierrismo.

Tampoco me parece que quien ha abandonado el barco de la Alianza sin asumirse como referencia del desafío de esa época, sea el más indicado en poner en duda al Compañero Moyano como referencia épica.

Hoy nuestra América morena, indo-afro-hispanoamericana ha encontrado otras medicinas para el mal de amores de nuestras clases medias, donde en realidad las alternativas al modelo neoliberal conservador no surgen de los dogmáticos manuales de las izquierdas sino de la memoria colectiva de los pueblos, donde la experiencia de los nacionalismos populares revolucionarios ha calado hondo y nos ha regalado por tramos de la historia momentos de esperanza, en los que alguna vez fuimos felices. Cautemoc Cárdenas en México, Getulio Vargas en Brasil y Perón en la Argentina son la manifestación contundente de la memoria colectiva.

Hoy Chávez, Evo, Kirchner, Ortega, Lugo, Lula, Tabaré, Correa, con matices, diferencias, contradicciones e impurezas (para que no se enloquezca el energúmeno de Ernesto Tenembaun) expresan integración latinoamericana, autonomía a la hora de tomar decisiones respecto del imperio (Mar del Plata-ALCA es la expresión más alta de esta afirmación), el Banco del Sur y el planteo de Rafael Correa de repatriar las reservas nacionales que hoy están al 1,5% o 2% anual en la Reserva Federal de los Estados Unidos de Norteamérica. Que la renta petrolera, gasífera se reinvierta en los países de la región, que vayamos soñando con estructuras comunes de defensa nacional, olvidando para siempre las hipótesis de conflicto creadas por el imperio para fracturar a nuestro países. El haber podido ponerle freno al Plan Colombia-Uribe-Bush desde la OEA es la expresión de cuánto podemos hacer si recuperamos los sueños de los padres fundadores que fueron derrotados por el imperio y las oligarquías lacayas y cómplices. Bolívar murió en su exilio en Santa Marta, convencido de que había arado en el mar. Sucre fue asesinado. San Martín partió al exilio para evitar ser encarcelado o fusilado por las autoridades de Buenos Aires. Sólo podría haber regresado en 1829 a instancias de Manuel Dorrego (la barbarie), que fue fusilado por Lavalle (la civilización). Murió en el exilio.

A dos años y medio de cumplir doscientos años de historia, no escatimemos confrontar la derrota cultural de los sectores medios para hacerlos reflexionar, para que puedan reencontrarse a sí mismos, para que puedan volver a ser parte de una identidad común. Sólo así podemos evitar que caigan en manos conservadoras, ofreciéndoles lo mejor de nuestra identidad bicentenaria. Que volvamos a escuchar a las voces de Raúl Scalabrini Ortiz, de Arturo Jauretche, de Juan José Hernández Arregui, de John William Cooke a quienes tanto subestima y desprecia Carlos “Chacho” Álvarez.

Para no caer en la trampa nuevamente, la alternativa de hierro es progresismo berreta o nacionalismo popular, federal y revolucionario.

por Luis D'Elía.