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martes, 17 de junio de 2008

Es la democracia, estúpidos

La llamada “crisis del campo”, lejos de resolverse luego del último, mesurado discurso de la Presidenta, parece deslizarse por senderos peligrosos para la República.
Ya el país sabe que fue mentira el enfrentamiento entre dos “partes”. Hoy todos sabemos que “el campo” es, en realidad, un sector de empresarios rurales que protestan porque van a ganar menos de lo que tenían pensado. Y todos sabemos, también, que el Gobierno metió la pata, no la sacó a tiempo y sigue confundido.


Pero lo que no parece claro –y hay que evidenciar– es que lo que este conflicto puede estar esmerilando, y muy velozmente, es a la democracia misma.
No importa si la sociedad argentina se merece esto o no. Tampoco importa tanto tal o cual retención, o si el malo de la película es Néstor o es Cristina.
Acá y ahora el debate profundo es si llegamos al final de un ciclo de 25 años de democracia imperfecta y volvemos para atrás; o si mejoramos las instituciones de la Constitución Nacional para avanzar hacia una democracia más justa, eficiente y distributiva.

Hay gente humilde que repite consignas vacías porque creen creer lo que les dicen la radio, la tele y los grandes diarios. Hay los que fueron tocados en sus intereses y hay un fuerte resentimiento en otros cuya situación económica no lo justificaría. Y hay, incluso, personas con largas trayectorias progresistas en posiciones inesperadamente retrógradas.
Todos buena gente, acaso lanzados sin saberlo contra la democracia. A la que culpan de todo cuando dicen que “esto no es una democracia”. A partir de esa negación, avalan un insurreccionalismo suicida como el que ha instalado astutamente el PCR, montado a caballo de la ingenuidad política de muchos y del cretinismo de otros.

Esa confusión es gravísima, porque ignora o niega que una cosa es la democracia y otra son los malos gobiernos.
Uno puede tirar la bronca contra este o aquel gobierno, o contra todos, pero eso es criticar una gestión. Que se puede cambiar. Todo puede cambiarse dentro de la Constitución y la ley. Precisamente por eso la democracia nunca es culpable y, al contrario, es la mejor garantía de cambio.
Parece mentira tener que recordar que la democracia es la lenta construcción de convivencia que venimos haciendo desde el ’83 y que hoy nos permite mantener la serenidad, tolerando la mentira contumaz que fluye del dial y de la tele, hoy repertorio de lugares comunes, editorialización disfrazada de información y censura de las ideas diferentes.

Más allá de matices, intereses corporativos o razones económicas, lo que el sector rural está haciendo desde hace tres meses es minar las bases de esa convivencia. Acaso la mayoría de ellos no lo ve, o no lo quiere ver, pero es la democracia la que está siendo esmerilada. Por eso huelgan todas las comparaciones con piquetes y piqueteros anteriores.
Con el espejismo de un dizque “nuevo federalismo” claramente anticonstitucional, y con la renovada demonización del “Estado” que para ellos encarna el matrimonio K, enormes porciones de las clases medias y altas se tragaron la masita envenenada de “campo versus Gobierno” y con eso revivieron lo peor de la Argentina: la polarización de posiciones. La vida nacional en blanco y negro.

Algunas entidades de elite, los pools sojeros, el capital más concentrado de la agroganadería, incluso sectores protegidos dentro del mismo Gobierno K, junto a prácticas periodísticas abyectas, están carcomiendo la democracia.
Generan desaliento, liman la confianza en las instituciones, instalan la idea de caos, descontrol y “desgobierno”. Todo eso que antaño precedía a los golpes militares.
En entusiasta coro anuncian que se acabó el crecimiento; que la inflación nos fagocita; que la economía se desmorona; que las encuestas “muestran” el desprecio popular hacia los K y así siguiendo.

Incluso proclaman un desabastecimiento que ha de estar sólo en Buenos Aires –es hora de que se enteren– porque aquí en el Chaco, mientras escribo esta nota, no hay desabastecimiento de nada. Supermercados, carnicerías, verdulerías, almacenes y ferias de barrio están como siempre. La semana pasada vi lo mismo en Santiago del Estero y en Tucumán, Córdoba y Rafaela. Y anoche en Corrientes. Debemos ser marcianos entre góndolas llenas.

Tal como hicieron todos los golpes de Estado, operan sobre las clases medias. Atemorizan, amenazan, golpean. Así es como golpean. Confundiendo, golpean. Gritando como el desaforado señor De Angeli. Y mezclándolo todo: resucitados chinoístas con caceroleros de Barrio Norte; insurreccionalistas atrasados un siglo junto a la vieja oligarquía terrateniente; paisanos con gente paqueta de Barrio Norte; la correntina Pando con represores retirados de Recoleta. Todos exaltados y con escarapela.

Y con ellos, muchos chacareros verdadera y sinceramente afectados, pero con el libreto escrito por discípulos de Neustadt y Grondona.
Biblia y calefón, mondongo con dulce de leche, lo que se oculta es la soja transgénica que en casi todo el mundo se prohíbe pero aquí protegen todos, incluso el Gobierno. Y que arruina la tierra porque glifosato mata humus, y con eso no hay tutía. En Europa no se permite ni un metro cuadrado de transgénicos (salvo experimentales) y Francia acaba de cerrar incluso la importación. Pero de eso acá ni se habla y por eso es imperativo desnudar las tramas mentirosas que hoy difunden incluso los más inteligentes colegas, devenidos verdaderos dirigentes opositores.

En cuanto al Gobierno –al que voté y sin embargo cuestiono cada vez más por su torpeza y poca transparencia– se trata de defender la terminación de su mandato en 2011, para que sea sustituido, si ésa es su voluntad, por los votos del soberano. Y federalismo sí, claro, pero no más con “puebladas” inducidas.

Por eso es también un peligro que el Gobierno no reaccione. Su propia incongruencia le extravía el buen juicio y por eso no sabe ofrecerle a la sociedad una rápida salida a la emergencia; ni propone una reforma agraria surgida de un sano debate nacional como el que debe hacerse sobre retenciones, radio y televisión y derecho a la información. Por eso está el Congreso semicongelado; por eso mienten estúpidamente el índice inflacionario; y por eso junto a ministros y funcionarios que son de lujo se apuntalan otros que debieran ser corridos, por corruptos o por ineptos.

Lo peor de la Argentina ha vuelto. Junto a genuinos y heroicos chacareros, y desplazado ya el campesinado más pobre, los monstruos del pasado operan travestidos (con perdón de los travestis) en ruidoso montón.

Sólo que como esta vez se topan con una sociedad que hizo culto de la memoria, veremos quién gana. Porque en esto sí hay dos sectores: los demócratas y los “destituyentes”, como se dice ahora, conscientes o no.

por Mempo Giardinelli.

miércoles, 11 de junio de 2008

La opción por los ricos

Es probable que en los próximos días una parte de la sociedad argentina tenga la oportunidad de manifestar su solidaridad con los productores agropecuarios.

Muchos de los movilizados en Rosario, la semana pasada, ya cumplieron su sueño. Ahora les toca a los comerciantes de la Ciudad de Buenos Aires, a unos cuantos profesionales y a no pocos poligriyos.

Un paro, un mensaje radial, un brulote en Perfil Digital; el comentario entre amigos, algún cacerolazo, la charla en el barrio, muchos mails. Y, para los que no reniegan de su afán de justicia, un buen sacudón para quedar a la izquierda y clamar la reforma agraria.

Es una interesante derivación de la inversión de términos registrada merced a la firme incidencia de la dictadura en la Argentina y de la (contra) revolución conservadora lanzada en los 80 a nivel mundial.

Luchar por Ellos

Si antes una franja apreciable de la comunidad media abandonaba su confort para cooperar con la liberación en general y con la mejoría en la vida popular en especial, ahora otro sector de ese segmento llamea y se compromete: vamos a luchar por los ricos, esa es nuestra opción. Comerciantes, profesionales, y –reitero– no pocos rascas, han resuelto considerar indignante que multimillonarios dirigentes rupestres paguen impuestos. Y aún más: evalúan disparatado que el Estado les exija blanquear parte de su producción y su personal.

Los clamores son contundentes: el gobierno no hace gestos, la presidenta es soberbia, el ojos torcidos es autoritario, el bigotón odia al campo. Y todo se desplaza por un mar de caracterizaciones espirituales, adjetivos y sensaciones, mientras las banderas reales piden no pagar impuestos y no blanquear.

(Hace tiempo, en Almacenes Chinos, expliqué porqué el bueno de Don Manolo era observado de reojo por
los ñatos de por acá. Y luego, en El desprecio, señalé los rasgos esenciales de esas personitas. Lo cierto es que cada vez que crece el PBI y aumentan las ventas de los comercios, el trabajo de los profesionales y las oportunidades para los buscas, todos ellos ponen el grito en el cielo.)

Vamos: la opción de una clase en beneficio de otra, contiene un trazo de universalidad. Y así como una
generación de muchachos de las capas medias bregaron por la justicia social para todos, ahora tenemos a una pequeña multitud que lucha para expandir la pobreza. Es tan solidaria esa entrega, que se incluye.

Si la “Sociedad Rural” vuelve a gobernar junto a sus aliados liberal - conservadores, como lo hizo durante la dictadura y durante el menemismo, volverán a caer las ventas para los pajarones que crecieron en los últimos cuatro años y volverá a resentirse el espacio comercial de técnicos y profesionales que han cambiado sus autos y arreglado sus casas. Los poligriyos seguirán siendo poligriyos, un poco más precarios.

El batifondo ensordecedor

Ahora bien, todos esos marmotas, al sumarse a esta protesta para evadir impuestos y negar el blanqueo, nos privan de verdaderas, genuinas y necesarias exigencias de justicia social para el conjunto de la población; demandas que bien podrían estar asentadas en ese crecimiento.

Por estas horas numerosos sindicatos y organizaciones sociales están planteando la necesidad de mejoras salariales, condiciones laborales más justas y distribución equitativa de la riqueza. De hecho, están señalando la necesidad de trascender el modelo agroexportador para impulsar una Argentina industrial, enlazada a América Latina.

La gilada los mira y dice “son patota alquilada por el gobierno”. Llora por el destino de Eduardo Buzzi condenado a pasar un par de días sin camioneta, y se pregunta “¿quién les paga a esos tipos?”. Se desmarca de la negritud y con aires republicanos se zambulle en el afán justiciero para pedir que el país vuelva atrás, en lugar de salir hacia adelante. Debido al exasperante poder de las compañías concentradas y a los efectos del lockout, los precios aumentan. En lugar de cuestionar al Estado por no imponer su poder y controlarlos a fondo, se solidariza con los formadores de precios y con los cortes que impiden el paso de mercaderías. En vez de señalar que Guillermo Moreno se queda corto, dicen que es autoritario.

Es cierto que “los medios”. Si, claro. A mi no me la van a contar. Pero esta gentuza, comerciantes, profesionales y buscas, por sintetizar injustamente en un haz a los boludos de izquierda a derecha y del centro al vacío, no necesitó de grandes conglomerados televisivos para apoyar los avances liberal - conservadores en el 55 y en el 76.

La opción por los ricos atraviesa su ser. Es un compromiso serio, coherente y de larga data. Los llevó a delatar, y a celebrar la muerte de sus hermanos sociales, cuando éstos cometieron el dislate de optar por los pobres. La opción por los ricos es toda una convicción, un programa activo, una manera de acercarse a la cúspide aunque sea como masa de maniobra.

Y dicen: Sos una conchuda (las organizaciones feministas, en silencio). Y dicen Montoneros Asesinos (las corrientes de izquierda, en silencio). Y desde la soja dicen Viva el campo (las fundaciones ecologistas, en silencio). Y dicen muchas más cosas que da verguenza ajena reproducir. Y hasta Vivan a la Patria.

Pero la cosa no termina ahí, al menos para uno. Porque con cuestionarlos, no basta. Tenemos entre manos un tema muy serio. Cuando la sociedad se debate entre elaborar un futuro mejor o retomar la receta del atraso, estos segmentos eligen el deterioro aunque los incluya y los damnifique.

Las tareas pendientes

Con su vocecitas amplificadas opacan las voces de quienes necesitamos cuestionar aspectos centrales de la política oficial con el objetivo de debatir empleo, industria, energía, recursos naturales, finanzas, impuestos e ingresos desde una perspectiva nacional y popular. Y ante la posibilidad del emerger de un émulo de José Alfredo Martínez de Hoz, emblocan a quienes no podemos admitir una salida por derecha de este panorama.

Tremendamente funcionales, esos sectores lo volvieron a hacer. Como si nada hubiera ocurrido en otras instancias históricas, volvieron a optar por respaldar a quienes los aplastan y nos aplastan. Son el comodín de la oligarquía. O el condón. Lo cual exige, de un pueblo que brega por mantenerse consciente en medio de la bulla, un razonamiento profundo para establecer una política que los fragmente, los anule y, en tanto sea posible, los disuada de semejante lugar en la historia.

Esta asignatura pendiente de los sectores populares argentinos es una de las claves del futuro.

Si alguien anhela ser pobre optando por promover a quien lo esclaviza, debe ser neutralizado en su capacidad de acción política, porque el daño que provoca nos abarca a todos. La labor gubernamental en ese sentido no ha sido eficaz, como puede observarse. Por eso, la elaboración de una alternativa superadora del proceso en marcha, que apuntale sus aciertos y releve sus torpezas, empieza a sentirse como una necesidad colectiva.

Sin embargo, esa búsqueda no puede estar asentada en la sumatoria de vertientes social y económicamente antagónicas. Entre el liberalismo - conservador y el gobierno nacional, la única perspectiva de sostener la vida misma sobre este país, evitando el efecto tierra arrasada, es respaldar a Cristina. Es a partir de allí que se puede polemizar, cuestionar y superar este proceso.

Perfilar un acuerdo circunstancial con el eje articulador de la entrega y la corrupción, la Sociedad Rural y Carbap, es condenarse a luchar por ellos. Ellos, son la Muerte.

Un saco nuevo

Venía caminando con un joven amigo, de vuelta del fútbol, y me interrogó: dicen que a la gente que fue a Salta le pagaron, la obligaron, le pusieron los micros. Le contesté: los que fueron a Rosario lo hicieron con nuestra plata. Nadie le pregunta nada a los ricos, todos se ocupan de cómo hacen las cosas los pobres. Ya lo había señalado don Arturo. El vecino que se compra un saco nuevo suscita comentarios, y hasta bronca. El señorón que usa un saco nuevo en cada salida, genera admiración y respeto. Miles de argentinos han resuelto luchar por los señorones. Ya lo han hecho antes, con éxito, y han contribuido a hundir una gran Nación.

Tendremos que reflexionar a fondo qué haremos nosotros.

Por Gabriel Fernández - director de “La Señal Medios”
y director periodísticto de la revista “Question Latinoamérica”


jueves, 29 de mayo de 2008

De populistas y liberales

Entre las diversas discusiones que generó, la Carta Abierta/1 firmada por más de 1300 personas vinculadas con la cultura recibió una crítica réplica del sociólogo e investigador Vicente Palermo. El también sociólogo y profesor de la UBA Horacio González le respondió. Aquí se publican ambos textos. (de Página 12).

El mecanismo de la sustracción - Por Horacio González / Sociólogo (UBA), director de la Biblioteca Nacional.

La verdad, me gustaría pensar como Tito Palermo, apreciado amigo de otras épocas y que nunca ha cesado en mi estima. Valoro su reflexión persistente, la tarea que se ha atribuido para combatir a favor del buen argumento, de la correcta razón de tolerancia, de la responsabilidad sin rarezas ni paradojas. Tito es un liberal y nada de eso me incomoda. Ciertos aspectos del liberalismo me parecen atractivos; por ejemplo, su estilo sustractivo para resolver conflictos. Si se presenta una falla real, un inconveniente en la armonía de las cosas, el liberal sustrae. Ante un problema donde está en juego la cuestión nacional, el liberal pide sustracción del nacionalismo. Queda pues el lado liberal del problema, un nacionalismo sin nación. Eso soluciona el conflicto, el restar del problema su condición de tal. Queda su osatura mínima. Sustraído el nacionalismo de la nación, queda en pie un árbol institucional, enjuto, la racionalidad en sí misma. Si el problema es una efusión política que parece carente de cimientos previsibles, hay que restar el voluntarismo. Queda nuevamente un hueso duro de la acción, el sí mismo de una institución clara y distinta. Si se avecinan enfrentamientos que sin duda hay que definir con lenguajes precisos –los que usamos en la Carta Abierta/1 pretenden serlo, pero están sometidos, como todo, a revisión y querella–, Tito también sustrae. En este caso, sustrae “el tiempo más o menos épico”. Sin épica –habrá que definir mejor lo que eso implica– la política queda convertida en una adecuación constante entre enunciados y resultados. Sin brecha, desajuste o descompás. Se sustraen elementos perturbadores de una reflexión a fin de hacerla perfecta, descarnada, lineal. Tito: definís tu fastidio por toda política de “voluntad triunfal” que no tenga en cuenta “los resultados de esa acción”. Es decir, nada de “ética de la convicción”, como un célebre conferenciante les infirió a los estudiantes alemanes de 1919. Nuevamente, la sustracción. ¿Qué se sustrae aquí? Todo lo que tenga que ver con una incoincidencia entre lo que se enuncia como rasgo real del carácter de lo político –su inevitable incompletud–, y los resultados efectivos, que suelen ser rebeldes a la previsión, pues pueden desmentir el punto de partida inicial, o bien pueden enriquecerlo, o si no mostrar que se trataba de una ilusión catastrófica. ¿Pero podemos saberlo antes? El liberal es el que sustrae. Sustrae la voluntad, pero no dice que sustrae la conciencia realizadora, sustrae la épica, pero no dice que sustrae el sino paradojal de la acción entre lo público y lo larvado en la actividad colectiva. Dice sustraer la moral populista –la propensión a ver el “mal” en los adversarios al fin de cuentas producidos por los errores propios–, pero en realidad sustrae la política.

Dije antes que ciertos aspectos del liberalismo son interesantes. Precisamente, el mecanismo crítico de la sustracción, encarna el método liberal. Todos lo usamos. Pensar una dificultad es un ejercicio de diferencia, extracción o despeje de alguno de los términos del problema. Un “ingrediente liberal” hay en cualquier tipo de razonamiento político. Eso lleva también a cierto estilo polémico, lo que ya me gusta menos. El de Tito es así: con ustedes puedo debatir, conozco a muchos de los firmantes de la carta y los creo bastante sinceros (proposición), pero en verdad están totalmente equivocados, son populistas, mitológicos, voluntaristas y reducen la vida política a una contradicción entre el bien y el mal (sustracción). Pobre dialéctica esa, que es la misma que ve, erradamente, en lo que llama “populismo”. La describe cuando afirma que hay un tipo de conflicto del que “el peronismo no se sabe sustraer”. Se trata del conflicto que tiene una parte “moral” en donde se expresa el “voluntarismo” y otra parte “torva” donde se llama a la “conciliación”. Amigo Tito, viejo compañero, con qué facilidad nos llamás a que sustraigamos de la política el corazón mismo de lo político. Con qué desprecio nos tratás después de decir que nos “respetabas”. ¿Por qué no revisás los dos momentos de tu propio pensamiento, esa “moral” liberal no menos binaria y la “conciliación” de lo político en una insignificante transparencia, una vez que le sacaste todo? Sí, no me molesta el método liberal de sustraer para pensar, para proponerle intersticios a la política. Me molesta el liberalismo “esencialista” –te devuelvo un poco del ungüento que le habrás aplicado a otros– que confunde un método válido con un veredicto inmovilizante sobre la política, descontaminada de todo vínculo con sus descompases, sus cismas incesantes. Finalmente tu escrito, dictado por tu festejable voluntad polémica –es un resto “voluntarista” que quizás deberías revisar para hacer de tu liberalismo, al fin, sinónimo de política neutra, inodora, insípida– termina echándole toda la culpa al Gobierno, por ser obediente a aquel mecanismo de “voluntarismo y fracaso”. Esquema moral, también. Dicotomía pobrecita. Lo cierto, Tito, es que el Gobierno ha cometido una cierta cantidad de errores, bastantes, quizá muchos, que acaso quepan en una formación entera de un tren bala. Pero no se lo ataca por eso, que podría ser corregido, revisto, o en el caso de su política “balística”, acompañado ya por la real reconstrucción del sistema ferroviario. No digo que, personalmente, me gusten los giros y ensueños neodesarrollistas. Pero los ataques provienen de la observación crítica que se hace no contra las modernizaciones a la “Puerto Madero”, que nadie en el país, salvo nosotros, criticamos. Sino que se lo ataca por lo que de él se ha visto, por lo que de él se intuye, en relación con la diferencia de lenguaje político y social que ha establecido. Desdeñosamente se lo acusa de “cooptación” por tomar y asumir cuestiones de interpretación de la historia reciente y pasada que abren las puertas de una reconstrucción de lo político. Ya ves, Tito. Cuando se dice “cooptación”, es decir, usurpación de los temas de la reparación social, estamos en el punto contrario a la sustracción. El liberal sustrae, el cooptador agrega. Agrega al otro que ha embelesado. El liberal ve cooptación por todas partes. Como sólo intenta desagregar, se expone así a descalabrar el lenguaje con el que habla. Y el lenguaje es a la vez agregativo y sustractivo. Constituye y destituye. La lengua liberal, históricamente, en sus grandes maestros, fue destituyente, lo que en la memoria histórica del mundo moderno, resultó en grandes realizaciones contra los absolutismos. Pasada la edad gloriosa, queda su propio mito, sobre el que no le es dado reflexionar acabadamente, y remedando su ilusión fundadora, parodia de sí misma, se torna “antipopulista” para no verse en el espejo derivativo de los varios reaccionarismos mundiales. He allí la cuestión “destituyente”. No que haya golpe, pero es imposible negar que hay un movimiento generalizado de degradación y arrasamiento de la voz pública, de naturaleza implícita, no registrada en la superficie de los enunciados sino en el coletazo semántico que le sigue como injuria –ver la modalidad habitual del “comentario participativo” en los diarios, en su edición electrónica, sustituyendo la vieja carta de lectores firmada por un campeonato descalificador, emitiendo botellazos y escupidas de a miles–, que no es una mera oposición, sino una acción basada en el detritus del lenguaje, en construcciones anónimas, advertencias profetizantes que mencionan la sangre para decir, obvio, que no se la quiere, en fin, la extenuación última del lenguaje político común, antesala de la corrosión de la institución pública. Para decir todo eso se puede invocar al liberalismo o a Hannah Arendt. Para los vertiginosos lectores de solapa, tanto da.


Bueno, Tito, me despido, agradeciendo tu carta. La polémica, si atinada, hace revivir a los escritos. Tenés razón en molestarte por el énfasis “legendario” que tienen ciertos pensamientos políticos. Por ejemplo, leo en el diario que Kirchner en San Juan habló, para atacar a la oposición, de una “nueva Unión Democrática”. Ya sé: no supo sustraer el voluntarismo, el populismo, la mitología, el chicanerismo, el laclauismo, el significantevacioísmo, el avivatoísmo –como quien esgrimiría una cuestión de derechos humanos para hacer pasar la bala del tren y tantas cosas más–. Pero pensá que, si en lugar de esas rápidas acuarelas emanadas de una grave situación cuya descripción nueva no es fácil para nadie, si tuviéramos tu lenguaje despojado, sustraído, robado de toda historicidad, nos tendríamos que despedir de la pasión intrínseca al pensamiento político, que supone una explicación inmediata tomada del bastidor antiguo y la esperanza de restituirla luego de un modo más singular, redescribiendo más sugerentemente las contraposiciones reales, pero ahora sin perder la pepita de oro de la vida política y de la vida en general, es decir, “la alegría que se escapa entrelíneas”. No te gusta eso, pero voy a contribuir un poco a sacarte de tu ilusión liberal –aunque ciertos aspectos de ese “método”, ya dije, no me disgustan–. En tu carta, para decir que nos concedés un argumento, empleás la expresión “puedo darles de barato”. Me gustó. Tu estadía en Brasil. Y la mía. Este modismo, que no hay por qué no usar en nuestra lengua habitual, pues es común aunque acá en desuso, me recordó el destino de nuestros textos. En ellos sí no somos los liberales de la sustracción de lo que por descuido o elegancia –lo que es casi lo mismo– se cuela en nuestra vida de los tramos anteriores ya vividos. Los arrastramos sin desprendernos de ellos, son como nuestra condenable “unión democrática”, y resurge en entrelíneas, se nos escapa, revelando que podemos ser liberales en el método e iliberales cuando balbuceamos en temas de la razón histórica. Eso, Tito, te lo doy de barato, o sea, te lo cedo sin más, ni importa por qué, de amigo nomás.

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A los firmantes de la Carta Abierta/1 - Por Vicente Palermo / Sociólogo (UBA/Conicet).

Escribo esta carta porque los respeto y considero valioso y políticamente promisorio discutir con ustedes. No me interesa discutir con Mariano Grondona, ni hacer la vivisección de Alfredo De Angeli, a quien conozco de naranjo en sus pasos no menos desatinados que los de ahora como protestador rural, como activista del movimiento ambiental de Gualeguaychú que el gobierno nacional respaldó sin cortapisas en sus objetivos absurdos, diagnósticos tremendistas y metodologías “iliberales” (cría cuervos que te sacarán los ojos). Los respeto por las trayectorias comunes que tengo con muchos de ustedes, y porque convocan a la discusión. Quien escribe y dice lo que quiere ha de leer y escuchar quizás lo que no quiere.


Ustedes dicen que desde 2003 la política ha vuelto a ocupar un lugar central en la Argentina. Aunque no coincido con las visiones que sostienen que la política se allanó, en América del Sur en general, y hasta la nueva ola de gobiernos que ustedes mencionan, a la voluntad de los “discursos hegemónicos”, el “pensamiento único” y el poder de los mercados, sí creo que, emblemáticamente, la experiencia de la Alianza se podría leer como la defección trágica de la política. Puedo darles de barato que así haya sido, lo que de paso me facilita las cosas para una primera crítica a mis propias posiciones pasadas, ya que acompañé al Frepaso y la Alianza mucho más que la mayoría de ustedes. En ese sentido, no les falta razón: la gestión K (aunque omiten a otros protagonistas de este mismo cambio, iniciado con Duhalde) representa una restitución del lugar de lo político. Tras la debacle de la convertibilidad y el derrumbe económico, social y político, muchos estábamos tan abrumados por el fracaso de la experiencia de la Alianza que nuestro diagnóstico acerca de lo posible no incluía algunas de las decisiones más importantes que en materia político-económica tomaron Duhalde-Remes-Lavagna y Kirchner-Lavagna. Hubo en ellas política, y política acertada; mérito conspicuo que hay que reconocer.


El problema es que la voluntad política, o la restitución para la política del lugar que le corresponde, se ha convertido, casi desde un principio de las gestiones K, en el triunfo de la voluntad. Diría que esa concepción define un talante para encarar la política, consistente en la más absurda exaltación de la voluntad y la más ciega fe en “nuestra” capacidad de usar de modo virtuoso el poder. Según este talante la voluntad política es condición necesaria y suficiente para todo cuanto importa. Y la virtud se da por descontada. Pero la historia es un cementerio de experiencias en las que triunfos iniciales de la voluntad son seguidos por derrotas y desastres catastróficos. Este, y no otro, es el núcleo duro del llamado “setentismo”. Con voluntad política todo se puede: hacer una política macroeconómica inconsistente, mantener un comportamiento de compadrito en el contexto internacional, decidir que la Argentina precisa un tren bala, disponer que los agentes económicos se avengan a ser desplumados sin chistar. Claro, para esto hace falta dinero, pero, principalmente, hace falta, populismo político. Tanto populismo como el necesario para cubrir la diferencia entre la voluntad política triunfal en acción y sus resultados. Tanto populismo como rebeldes sean los precios, los intereses y otros malvados de la vida. Cuanto más rechina la maquinaria de la voluntad política en acción más populismo es necesario.


Y esto, ¿qué tiene de inconveniente? Para los K parecería que nada, dan la impresión de que no entendieron mal, sino demasiado bien, a Laclau. ¿Qué tiene de inconveniente que el choque de la voluntad política triunfante con los malvados de la vida nos obligue a denunciar a los malvados de la vida por oligarcas, golpistas, antidemocráticos, desestabilizadores, destituyentes? Ese es el tipo de conflicto político del que el peronismo tarde o temprano no se sabe sustraer: un conflicto moral, entre buenos y malos, pueblo y antipueblo, nación y antinación.


La voluntad política triunfante precisa inevitablemente (con la convicción de que precisa de ello para acabar por triunfar para siempre) reconstituir en términos populistas conflictos de intereses que son, como en cualquier país del mundo, hechos malvados de la vida. Y que podrían ser procesados políticamente de muy diferentes maneras. “Asistimos en nuestro país –comienza vuestra carta– a una dura confrontación entre sectores... históricamente dominantes y un gobierno democrático...”. No creo abusar del texto afirmando que la alegría se les escapa entrelíneas.


“¡Por fin!”, me parece leer, “el tipo de conflictos por los que la lucha política vale la pena”. Pero, ¿”se ha instalado un clima destituyente”? No lo creo; pero, ¿a quién le cabría la principal responsabilidad por ello? ¿Quién hizo todo lo necesario para “dar lugar a alianzas que llegaron a enarbolar la amenaza del hambre... y agitaron cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional”? El propio gobierno con el que ustedes se alinean. Y ¿por qué lo hizo? ¿Porque “intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía”? Creo que cualquier examen serio de los acontecimientos refuta esta interpretación palmariamente. Si el Gobierno se ve hoy frente a este cuadro, no es en razón de sus buenas intenciones sino, o bien por sus graves errores, o bien por decisiones de productividad política populista que no son errores, sino resultados de sus convicciones políticas y normativas.


Lo peor es que estamos retrocediendo nuevamente, a pasos agigantados, en el camino que nos lleve “hacia horizontes de más justicia y mayor equidad”. Los platos rotos del desastre no los van a pagar los malvados de la vida ni los buenos del triunfo de la voluntad. Agregan ustedes que “en la actual confrontación... juegan un papel fundamental los medios masivos de comunicación más concentrados”. No voy a defender a esos medios, y ciertamente hubo “distorsión”, “prejuicio”, “racismo”, etc. Pero vuestra afirmación de que los medios concentrados han tenido un papel determinante en la configuración de los términos del conflicto me suena fantasiosa, conspiracionista y hasta paranoica. Claro, la reacción de los grandes medios ante la actividad de un observatorio será siempre dura (y el documento del observatorio universitario tiene aciertos muy meritorios); y la discusión pública, abierta, plural, y alejada del oficialismo, del papel de los medios, es indispensable. Pero la historia de un gobierno que movido por un valiente impulso de llevar a cabo reformas distributivas y mejorar los modos de intervención estatal en la esfera pública (va una chicana: ¿se refieren al Indec?, ¿a la política tributaria?, ¿a la gestión de los recursos fiscales?, ¿a los mimos a sectores económicos también muy concentrados?, ¿a las regulaciones que beneficiaron a grandes medios de comunicación?), sufre, en virtud de ello, la dura confrontación de los sectores históricamente dominantes, confrontación en la que a su vez juegan un papel fundamental los medios, parece un relato extraído de un vetusto manual del peronismo histórico, y no una explicación verosímil de los acontecimientos.


En todo caso, no parecen ustedes haberse esforzado demasiado para diseñar o mejorar los fundamentos de una estrategia política responsable, una estrategia que permita avanzar hacia “horizontes de más justicia y equidad” en lugar de arremeter hacia fracasos tras los cuales ni ustedes ni yo estaremos entre los principales perjudicados –i.e., los pobres y los excluidos–.


Ustedes no me parecen esta vez muy coherentes. Dicen que es necesario “discutir y participar en la lenta constitución de un nuevo y complejo sujeto político popular”. Pero, ¿adónde están la lentitud, la perplejidad, la prudencia, la mesura, el temple, necesarios? Veo en vuestras líneas otra cosa: un entusiasmo algo rabioso por el re-advenimiento de un tiempo más o menos épico. Es más, se trataría de introducir premura: “Uno de los puntos débiles de los gobiernos latinoamericanos, incluido el de Cristina Fernández, es que no asumen la urgente tarea de construir una política a la altura de los desafíos de esta época, que tenga como horizonte lo político emancipatorio”; y “creemos indispensable señalar los límites y retrasos del Gobierno en aplicar políticas redistributivas de clara reforma social”. Creo que se han hecho un embrollo –ahora ven un gobierno retrasado en aquello que, antes dijeron, habría sido el disparador de la, según ustedes, más gigantesca coalición reactiva de la que se tenga memoria en Argentina desde 1976–.


Me tomo vuestras recomendaciones de política en serio y me imagino en los zapatos de Cristina Fernández, o de Lula, asumiendo esa “urgente tarea” y no me veo nada bien equipado. Critican ustedes “las políticas definidas sin la conveniente y necesaria participación de los ciudadanos”. Curioso, ¡el caso del conflicto que nos ocupa es un excelente ejemplo! Pero antes habían aludido a él hablando de “derechos [del Ejecutivo] y poder político constitucional [del Ejecutivo] para efectivizar sus programas de acción” (inconstitucional tal vez no sea, pero me parece un pelín alevoso referirse a la definición de una política tributaria de primer orden nacional, a través de una simple resolución ministerial, posibilitada por el otorgamiento de facultades extraordinariamente extraordinarias al Poder Ejecutivo por el Congreso, en una materia en el que la constitución dice taxativamente que el Ejecutivo no puede legislar ni siquiera bajo aducidos imperativos de necesidad y urgencia).


Me pregunto qué tipo de conflictos se habrían suscitado y qué tipo de actores en conflicto se habrían constituido si, en lugar de anunciar el Gobierno las retenciones móviles, hubiera enviado al Parlamento un proyecto de ley de renta potencial de la tierra que permitiera reemplazar gradualmente las retenciones, junto a un programa de coparticipación impositiva que estableciera para los sectores productivos medianos y pequeños la esperanza de que parte importante de sus impuestos contribuya a mejorar la productividad sistémica de sus regiones y de la economía argentina en general.


No ha sido por “instalar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política” que los sectores concentrados han logrado el respaldo activo de actores sociales que hasta hace poco resultaba impensable que lograran y que el Gobierno ve desfondarse su popularidad.


Llaman ustedes a la creación de un espacio político plural de debate que reúna y permita actuar colectivamente. Asumo de buena fe que el espacio político plural en el que están pensando incluye la controversia franca y abierta y no el silencio.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El 25 de mayo planté un zapallo...

El escenario del 25 y sus actores
Por Ricardo Forster

La escenografía no dejaba de ser al mismo tiempo espectacular y cargada de simbolismo: por un lado, el Monumento a la Bandera, con su arquitectura que recuerda antiguos y trasnochados sueños de grandeza (esa que supo inspirarse en la monumentalización tan cara a ciertos totalitarismos europeos), sueños que poco se vinculan con el ideario de mayo y de uno de sus representantes más genuino, humilde e intelectualmente más brillante en tanto heredero del igualitarismo ilustrado, me refiero a Manuel Belgrano; del otro lado y bien hacia el fondo, los contornos del río Paraná con sus múltiples puertos cerealeros, que han convertido a Rosario en capital de las exportaciones de granos argentinos ofreciéndole, a la Chicago local, una extraña fisonomía que cruza al socialismo con las grandes corporaciones portuario-cerealeras, como si dijéramos a Juan B. Justo con Patrón Costas o a Repetto con Martínez de Hoz (¿tal vez por eso el intendente se dio una vuelta por el monumento aunque desistió de subir al escenario?). Y de espaldas al río un palco en el que se colocaron los representantes de las cuatro entidades que llevan adelante la confrontación más larga que se conozca contra un gobierno democrático (jamás, obviamente, se levantaron contra las diversas dictaduras de las que varias de ellas formaron parte y mucho menos lo hicieron contra el menemismo, que casi los aniquila con su modelo convertible). Allí estaban, entre otros, el i-nefable De Angeli, en nombre de la Federación Agraria pero también de los Autoconvocados; Miguens, de la paqueta Sociedad Rural junto a Llambías, de la CRA, y con su pose de argentino piola, ese que se las sabe todas (con pinta más de porteño que de chacarero o de gringo), Eduardo Buzzi, presidente de una travestida FA que encontró su lugar bajo el sol en medio de sus antiguos enemigos de clase. Allí estaban todos, exultantes bajo el sol de mayo y experimentando un verdadero baño de multitud (eso sí, bien limpia y rubia).

Entre los recursos ya gastados de la política nacional está eso de declararse apolítico, de construir el más formidable acto opositor desmintiendo, al mismo tiempo, cualquier intención política. Ellos, los “ruralistas”, los dueños de la tierra, los autoproclamados “productores”, no se ensucian con la política, sus preocupaciones tienen que ver con asuntos genuinos e importantes; de la misma manera que esa multitud blanca, bien vestida, casi hasta la elegancia, que llegó por sus propios medios en confortables vehículos, es lo opuesto a la “negrada” que es movida por el sucio clientelismo, que va en pos de unos pocos pesos y de algún choripán. Allí, al pie del Monumento a la Bandera y de espaldas al Paraná estaba la Argentina honesta, trabajadora, solidaria con sus propios intereses, republicana como gusta proclamar una ilustre chaqueña que suele ofrecernos frases brutales; la que escucha con deleite la sabiduría de Mariano Grondona o que lee atentamente La Nación; la que sin sonrojarse se declara prácticamente en ruinas mientras va acumulando una renta fabulosa, esa que llevó a muchos de esos “chacareros” a convertirse en impulsores de la construcción al comprar propiedades en pueblos y ciudades de todo el país, como para hacer algo con el dinero ganado con la soja. Esa masa, porque mal que les pese también son una “masa”, fue la destinataria de los “mesurados” discursos de los dirigentes ruralistas, de la misma manera que también constituye el soporte social de una nueva/vieja derecha argentina que va ocupando decididamente posiciones en el escenario.


El “gringo” de Gualeguaychú vociferó su discurso semianalfabeto, rústico no por ser portador de la rusticidad del hombre de campo, sino por pura ignorancia, esa que festejan ciertos medios de comunicación como equivalente a palabra justa y honesta, esa que nace de los sentimientos “puros” de quien trabaja con sus manos la tierra careciendo de tiempo para refinarse culturalmente. Su discurso fue brutal, desafiante, entremezclado y esencialmente violento. El presidente de Coninagro fue, tal vez, el más medido, el que buscó palabras de diálogo en un ámbito poco propicio para esos mensajes. Miguens tartamudeó un discurso leído en el que volvió a reiterar las demandas de la Sociedad Rural, en especial la que hace blanco en las diabólicas retenciones móviles; Llambías encontró su lugar en el mundo agitando a las multitudes y concluyendo su intervención echando mano a una impensada trilogía siempre ausente de la patria agroganadera y que remite, más bien, a viejos y anquilosados populismos: reclamó una patria justa, libre y soberana (¿qué hubiera dicho el inefable Jauretche ante tanto cinismo?, ¿sabrá Llambías que a la CRA y a sus socios siempre les interesó hacer imposible la realización de esa demanda y que saludaron la llegada del último golpe militar que asesinó a miles de aquellos que portaban esos ideales?). Y finalmente le tocó el turno a Buzzi, que pareció estar en su salsa. Tomo de su discurso una sola frase que, como si hubiera sido una fisura del inconsciente que sobrevolaba a la multitud y a los ruralistas, expresó con meridiana claridad el deseo manifiesto de los congregados alrededor del monumento: “El obstáculo para el crecimiento argentino se llama: los Kirchner”. ¿Hay que ser semiólogo para dar cuenta del sentido de esta frase? Su carácter destituyente de la legitimidad de un gobierno democráticamente elegido por la mayoría del pueblo argentino en octubre último es más que evidente. Ese fue el eje argumental de Buzzi que no dudó, con extraordinario cinismo, en hablarle a esa multitud de la gesta de las Madres de Plaza de Mayo, que utilizó conceptos venerables como el de distribución de la riqueza para apuntalar un gesto destituyente y una demanda de apropiación sectorial de la enorme renta agraria. Extraña parábola la de un dirigente que provenía del campo popular y que hoy se coloca en la vanguardia de un proyecto político-económico que busca abortar cualquier otra alternativa que no gire en torno del ideario de los dueños de la tierra, incluso allí donde lo hace en nombre de los pequeños productores herederos del “grito de Alcorta”.


Quedará para otra columna analizar el endeble acto encabezado por Cristina en Salta, que viene a reforzar la debilidad que viene mostrando el Gobierno; una debilidad montada sobre gruesos errores políticos que de no revertirlos compromete su propia marcha. En un tiempo argentino que parece querer retroceder hacia momentos de incertidumbre y crisis, de esas que ya conocimos en el pasado reciente, se vuelve imperativo que desde los mandos de decisión se asuman las responsabilidades, en especial aquellas que implican profundizar un modelo redistributivo que no se sostenga en el soliloquio ni en los acuerdos exclusivos con las corporaciones económicas, sino que se abra hacia otros actores sociales, económicos y políticos sin los cuales es muy difícil llevar adelante un conflicto tan grave como el que han desencadenado las organizaciones de los dueños de la tierra.

martes, 27 de mayo de 2008

A elegir

Por Eduardo Aliverti
Cuando algo cansa hasta el extremo en que ya lo hace el conflicto entre el Gobierno y el movimiento campestre, se incrementan las probabilidades de que los cansados pierdan la poca o mucha vocación y capacidad analíticas que puedan tener y se dejen ganar por el desinterés. Y hay pocos pasos entre la displicencia popular y la victoria de quienes se valen de ella para imponer sus privilegios de sector.


Un intento de resumen podría ser, hasta acá:
a) que el Gobierno eligió la extraordinaria renta agraria como su fuente principal de recursos y como único modelo de eventual desarrollo, sin entrar a considerar si explotar de soja y aprovechar la demanda internacional de forrajes es un programa adecuado y sustentable;
b) que en esa lógica decidió incrementar lo que les retiene a los exportadores, quienes socializan las quitas con los productores;
c) que esa decisión fue comunicada en marzo último de manera trasnochada;
d) que esa frialdad informativa potenció el enojo insaciable de los dueños y arrendatarios de la tierra, dejando –junto con la ausencia de medidas efectivas para pequeños y medianos productores– un flanco imperdonable que permitió la unificación de grandes y chicos en una protesta activa de características inéditas desde el retorno democrático;
e) que los unos y los otros emplearon el conflicto para entrar al terreno de la disputa retórica por el modelo de país, mudando la pelea desde un problema sectorial hasta otro en el que se juega quiénes ganan el relato nacional: si el populismo que defiende una tibia intervención estatal en los resortes distributivos de la economía, o los bloques dominantes que creen que el único modelo eficaz es un mercado regulado por ellos y en el que “el campo” viene antes que la Nación como matriz fundante;
f) que presos de esa dinámica discursiva quedaron también sujetos a no poder retroceder, ni ante la sociedad ni frente a sus apoyos sectoriales, en la negociación propiamente dicha;
g) que lo anterior se tradujo en que ni el Gobierno podía ni puede mostrar que cedió en varios puntos, incluyendo el de revisar el monto de las retenciones a futuro; ni los ruralistas podían ni pueden ceder en sus aspiraciones de máxima, so pena de quedar desacreditados ante una mano de obra sojo-piquetera que ya adquirió rasgos de vida autónoma;
h) que como frutilla del postre se sumó a esa dinámica el desmayado mamarracho opositor, estimulado a reanimar fuerzas codo a codo con lo peor de la historia de este país;
i) que mientras tanto descansan plácidamente escondidos los oligopolios agroexportadores, los pool de siembra, Monsanto: ni el Gobierno ni la gauchocracia señalan a esos extraordinarios ganadores de la República Sojera y adyacencias, porque el uno quedaría en orsay respecto de su verba nac & pop y los otros ni qué hablar acerca de cuánto de patriótico tiene su lucha.

Seguramente, la enumeración podría agotar el abecedario pero lo que el periodista juzga como liminar está allí y es más: quizá convendría reducirlo a que en este rincón hay un gobierno encerrado en decisiones de círculo estrechísimo, para encarar su “épica” de negocios y módica apropiación de Estado sobre las ganancias de una porción de la clase dominante; y en la esquina contraria, una oligarquía ya más de la cabeza que de poder real, unida a una nueva clase media agraria de los pueblos y ciudades del interior, más dirigencia política que se les subió a babucha. Y más simple también: gobierno conservador de rasgos progres contra conservadores igual de brutos y brutales que toda la vida. Puede que, en virtud de las comparaciones, ruborice un tanto rotular como “conservador” al kirchnerismo. Pero en lo sustantivo, el modelo neoliberal permanece casi intocado y hay que animársele a la palabrita en tanto y cuanto no sea a secas. Si acaso esto último se presta a la polémica, respecto de la vereda de enfrente ni siquiera hay espacio para tal cosa.

Lo que ayer se amuchó en Rosario es una expresión inigualable del pensamiento más reaccionario de esta sociedad, en algunos casos representado por los grupos tradicionales del privilegio; en otros por la inconsciencia social de sectores medios, urbanos y campestres, unidos bajo la bandera del individualismo pequeño burgués y la genética gorila; y en otros por el oportunismo político de liberales y hasta de tribus que se dicen de izquierda. Si se le agrega que se les sumó la Iglesia, sólo que con el cinismo de vías indirectas, el cartón está lleno salvo por un casillero faltante que es la buena noticia: no hay partido militar. Tampoco acompaña el resto del establishment, es cierto, beneficiado por el tipo de cambio alto, la recuperación del poder adquisitivo de algunas franjas medias y, a pesar de que el estilo gubernamental no les resulta muy simpático, la certeza de que el oficialismo es lo único que hay en condiciones de administrar la política. De hecho, están negociando un acuerdo a largo plazo que el Gobierno quiere presentar como el Acuerdo del Bicentenario. Pero las medidas de fuerza del movimiento campestre perjudicaron el clima de buenos negocios, y ya advirtieron que sin el concurso del “campo”, en un país agropecuario, el pacto no tendría sentido. De manera que no se está ante un conflicto menor, porque el poder de fuego de los gauchócratas, lejos de ser todopoderoso, ya demostró que sí les alcanza para lastimar. En el funcionamiento concreto de la economía y en el hecho de que, por un cúmulo de factores, se reaglutinó en torno de ellos un pedazo considerable de la derecha (si quiere vérselo desde una categoría de diferenciación con los rasgos progres del kirchnerismo) o de la derecha de la derecha (si se prefiere juzgarlo con ortodoxia).

El Gobierno está herido y comenzó su desgaste notablemente antes de lo imaginado. Consumió buena parte de su capital político, en gran medida gracias a deficiencias propias que pudo evitar con algo menos de arrogancia y algo más de muñeca. Pero chuparse el dedo frente a lo que juntó en contra sería una ingenuidad de proyecciones peligrosas. Correrlo por izquierda para que se eleve su techo, que hasta ahora es pobrísimo, no debería significar desprecio por el piso o subsuelo que se alcanzó. Y uno de los mosaicos de esa superficie es que el Estado tiene derecho a apropiarse de rentas descomunales, como las del “campo”. Que no haga lo mismo con las tasas de ganancia de otros sectores no invalida lo que sí afecta.

Ayer fue el Día de la Escarapela de Soja y no hay lugar para distracciones. Hay el pecho y hay el culo. Que cada quien se haga cargo de dónde se la pone.

domingo, 25 de mayo de 2008

Y ya que estamos...

El dibujo de Sábat
Por Sandra Russo

Hermenegildo Sábat es un artista notable, un exquisito de la caricatura, y es además un hombre admirado y respetado por actitudes como la que tomó ahora: no decir una sola palabra sobre el dibujo que publicó el martes y sobre el que escupió fuego la Presidenta. No contestar un agravio es una actitud de caballero.

También es una actitud que ayuda a constituir a un agraviado. No hay voz, en la lengua, o por lo menos no se me ocurre ahora, que celebre al agraviado que contesta. Un dato interesante, que refuerza la idea de que la lengua no es más que un fabuloso aparato de poder. Cristina, sin ir más lejos, se sintió agraviada y contestó. En la puesta en escena pública, Sábat es el que no contesta el agravio, el caballero. Hubo una larga época de mi vida en la que trabajaba con caricaturistas, en Humor y en Superhumor, y sé que también para ellos Sábat es el mejor, lejos, el más admirado. Básicamente, y ése es el argumento que más veces escuché, porque él encarna más que nadie la posibilidad de la caricatura derivada en la obra de arte.

Ahora bien: sobre arte y política hay mucho escrito, no vamos a volver a escribir que la excelencia del arte no garantiza en absoluto ni su claridad ni su intencionalidad política, incluso mucho más allá de las propias intenciones de su autor. Que al fascismo lo inventó un poeta, Marinetti, que creía exclusivamente en el futuro.
Yo miro siempre los dibujos que Sábat publica en Clarín, porque me encantan, como a tantos. Y siempre el ojo busca el mensaje. Y no un mensaje mafioso o cuasimafioso, claro, pero sí un mensaje. La caricatura es una de las artes más obstruidas para liberarse de eso que en la literatura, en el cine o en las artes plásticas ya es cliché, vulgar, pesado. El mensaje, ni más ni menos. La moraleja. Un decir del autor a través de su obra. Un editorial. Un caricaturista no puede impedir que su caricatura “diga algo”, porque ésa es la esencia del oficio: no sólo captar rasgos generales de las fisonomías y reproducirlos para causar gracia, sino captar los rasgos que delaten un carácter.

El martes por la mañana me había quedado un rato largo mirando el dibujo que irritó tanto a la Presidenta. El ojo buscó, como siempre, la palabra Sábat en el dibujo, pero el mensaje era doble y, por lo tanto, confuso. Los que mejor resuelven una caricatura son los mensajes simples y fuertes. En el dibujo, a la Presidenta le salía un Kirchner del costado izquierdo de la cara. Eso era un mensaje. Pero la cosa se complicaba con la boca tachada de la Presidenta. Había que cruzar esas dos informaciones y concluir algo, desencriptar el texto. Y ahí, con esos dos signos abiertos pendientes de su reunión en un significado, podían leerse demasiadas cosas.

La que yo leí por mi cuenta, por la mañana, y me pareció realmente estúpida, era que Cristina no tiene voz propia, y que su apuntador es Kirchner. Como sé que Sábat nunca simpatizó con nada vinculado al peronismo, supuse que era un dibujo misógino, gorila, en fin, un mal dibujo. Ese es el riesgo que toma la caricatura: debe decir algo que el receptor interprete de inmediato y que coincida con su propia lectura del mundo, sea en forma consciente o inconsciente. Sábat y yo, como receptora, percibimos el mundo de maneras distintas, dormidos y despiertos. Cuando eso se hace evidente, no hay romance artístico posible.

De todos modos, por lo caliente del conflicto y por las circunstancias particulares (el texto que lo rodeaba) en las que fue publicado ese dibujo, me llamó la atención su pobreza. O decía algo demasiado trillado, demasiado meneado, demasiado bobo, o decía algo que yo no alcanzaba a entender. Las buenas caricaturas se entienden al vuelo, se comprenden casi antes de terminar de mirarlas. El final de la mirada ya es de reconocimiento.

La Presidenta lo interpretó como un “mensaje cuasimafioso”, una yunta de palabras que cayó como un kilo de masas de sabayón. Y se preguntó: “¿Qué me quieren decir, qué es de lo que no puedo hablar, qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?”. Evidentemente, ella lo había leído de otra manera. Yo, la verdad, me quedé intrigada. Me hubiera gustado, pero por mi intriga, que Sábat dijera qué quiso decir con el dibujo.

Por lo demás, los caricaturistas, que siempre hicieron bien y lo seguirán haciendo cuando reclaman su total libertad de expresión, deberían comprender también que aquellos a quienes caricaturizan no firmaron con ellos ningún contrato de des-ofensa. Que es la ley de la caricatura la que dice que los caricaturizados deben guardar silencio, “soportarlos”. Es la mítica de la caricatura. ¿Pero cuál es entonces la restricción moral de la caricatura, si da por supuesto que criticarla es de por sí “intolerancia”?

En una democracia (y esto es tan obvio y sin embargo tan poco presente en los medios), todos son pasibles de críticas. Todos los sectores y todos los estamentos. El periodismo también.

Que no deban ser nunca censurados, ni las caricaturas ni los medios, no implica que no puedan ser criticados por aquellos que se sienten agraviados por sus notas o sus dibujos. La libertad de prensa no implica en absoluto el silencio obligado de quienes son a su vez criticados por los medios. Lo que implica la libertad de prensa es que todos los sectores puedan hacer públicas sus opiniones. Llega hasta ahí.

La ambigüedad promueve las interpretaciones. El artista lo sabe. Y el estilo del esbozo, de la sugerencia, en lo estilístico, es una impostación de tiempos de censura. Yo básicamente lo que escucho en los medios sobre Cristina son insultos. Me resulta hasta inquietante que se ponga en duda la libertad de prensa.

Si hay algo que deben admitir los caricaturistas es el enorme peso político de sus lecturas sin texto. Cuando el mensaje es simple y fuerte su decir es tan potente, que el principal órgano de oposición durante la dictadura fue la revista Humor. Y claro que me acuerdo de la tortuga de Illia. Pero los caricaturistas no están exentos de responsabilidades ni ubicados más allá de la crítica. Y deben hacerse cargo de sus mensajes, sin ningún adjetivo. De sus mensajes.


domingo, 11 de mayo de 2008

Es la política, estúpido

Esta Carta Abierta fue publicada en Télam (Agencia de noticias de la República Argentina) y firmada por 750 personas.

"Como en otras circunstancias de nuestra crónica contemporánea, hoy asistimos en nuestro país a una dura confrontación entre sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes y un gobierno democrático que intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía. La oposición a las retenciones -comprensible objeto de litigio- dio lugar a alianzas que llegaron a enarbolar la amenaza del hambre para el resto de la sociedad y agitaron cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional que tiene el gobierno de Cristina Fernández para efectivizar sus programas de acción, a cuatro meses de ser elegido por la mayoría de la sociedad.

Un clima destituyente se ha instalado, que ha sido considerado con la categoría de golpismo. No, quizás, en el sentido más clásico del aliento a alguna forma más o menos violenta de interrupción del orden institucional. Pero no hay duda de que muchos de los argumentos que se oyeron en estas semanas tienen parecidos ostensibles con los que en el pasado justificaron ese tipo de intervenciones, y sobre todo un muy reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental.

Esta atmósfera política, que trasciende el «tema del agro», ha movilizado a integrantes de los mundos políticos e intelectuales, preocupados por la suerte de una democracia a la que aquellos sectores buscan limitar y domesticar. La inquietud es compartida por franjas heterogéneas de la sociedad que más allá de acuerdos y desacuerdos con las decisiones del gobierno consideran que, en los últimos años, se volvieron a abrir los canales de lo político. No ya entendido desde las lógicas de la pura gestión y de saberes tecnocráticos al servicio del mercado, sino como escenario del debate de ideas y de la confrontación entre modelos distintos de país. Y, fundamentalmente, reabriendo la relación entre política, Estado, democracia y conflicto como núcleo de una sociedad que desea avanzar hacia horizontes de más justicia y mayor equidad.

Desde 2003 las políticas gubernamentales incluyeron un debate que involucra a la historia, a la persistencia en nosotros del pasado y sus relaciones con los giros y actitudes del presente. Un debate por las herencias y las biografías económicas, sociales, culturales y militantes que tiene como uno de sus puntos centrales la cuestión de la memoria articulada en la política de derechos humanos y que transita las tensiones y conflictos de la experiencia histórica, indesligable de los modos de posicionarse comprensivamente delante de cada problema que hoy está en juego.

En la actual confrontación alrededor de la política de retenciones jugaron y juegan un papel fundamental los medios masivos de comunicación más concentrados, tanto audiovisuales como gráficos, de altísimos alcances de audiencia, que estructuran diariamente «la realidad» de los hechos, que generan «el sentido» y las interpretaciones y definen «la verdad» sobre actores sociales y políticos desde variables interesadas que exceden la pura búsqueda de impacto y el raiting. Medios que gestan la distorsión de lo que ocurre, difunden el prejuicio y el racismo más silvestre y espontáneo, sin la responsabilidad por explicar, por informar adecuadamente ni por reflexionar con ponderación las mismas circunstancias conflictivas y críticas sobre las que operan.

Esta práctica de auténtica barbarie política diaria, de desinformación y discriminación, consiste en la gestación permanente de mensajes conformadores de una conciencia colectiva reactiva. Privatizan las conciencias con un sentido común ciego, iletrado, impresionista, inmediatista, parcial. Alimentan una opinión pública de perfil antipolítica, desacreditadora de un Estado democráticamente interventor en la lucha de intereses sociales.

La reacción de los grandes medios ante el Observatorio de la discriminación en radio y televisión muestra a las claras un desprecio fundamental por el debate público y la efectiva libertad de información. Se ha visto amenaza totalitaria allí donde la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA llamaba a un trato respetuoso y equilibrado del conflicto social. En este nuevo escenario político resulta imprescindible tomar conciencia no sólo de la preponderancia que adquiere la dimensión comunicacional y periodística en su acción diaria, sino también de la importancia de librar, en sentido plenamente político en su amplitud, una batalla cultural al respecto.

Tomar conciencia de nuestro lugar en esta contienda desde las ciencias, la política, el arte, la información, la literatura, la acción social, los derechos humanos, los problemas de género, oponiendo a los poderes de la dominación la pluralidad de un espacio político intelectual lúcido en sus argumentos democráticos. Se trata de una recuperación de la palabra crítica en todos los planos de las prácticas y en el interior de una escena social dominada por la retórica de los medios de comunicación y la derecha ideológica de mercado. De la recuperación de una palabra crítica que comprenda la dimensión de los conflictos nacionales y latinoamericanos, que señale las contradicciones centrales que están en juego, pero sobre todo que crea imprescindible volver a articular una relación entre mundos intelectuales y sociales con la realidad política.

Es necesario crear nuevos lenguajes, abrir los espacios de actuación y de interpelación indispensables, discutir y participar en la lenta constitución de un nuevo y complejo sujeto político popular, a partir de concretas rupturas con el modelo neoliberal de país. La relación entre la realidad política y el mundo intelectual no ha sido especialmente alentada desde el gobierno nacional y las políticas estatales no han considerado la importancia, complejidad y carácter político que tiene la producción cultural. En una situación global de creciente autonomía de los actores del proceso de producción de símbolos sociales, ideas e ideologías, se producen abusivas lógicas massmediáticas que redefinen todos los aspectos de la vida social, así como las operaciones de las estéticas de masas reconvirtiendo y sojuzgando los mundos de lo social, de lo político, del arte, de los saberes y conocimientos. Son sociedades cuya complejidad política y cultural exige, en la defensa de posturas, creencias y proyectos democráticos y populares, una decisiva intervención intelectual, comunicacional, informativa y estética en el plano de los imaginarios sociales.

Esta problemática es decisiva no sólo en nuestro país, sino en el actual Brasil de Lula, en la Bolivia de Evo Morales, en el Ecuador de Correa, en la Venezuela de Chávez, en el Chile de Bachelet, donde abundan documentos, estudios y evidencias sobre el papel determinante que asume la contienda cultural y comunicativa y las denuncias contra los medios en manos de los grupos de mercado más concentrados. Es también en esta confrontación, que se extiende al campo de la lucha sobre las narraciones acerca de las historias latinoamericanas, donde hoy se está jugando la suerte futura de varios gobiernos que son jaqueados y deslegitimados por sus no alineamientos económicos con las recetas hegemónicas y por sus «desobediencias» políticas con respecto a lo que propone Estados Unidos. Reconociendo los inesperados giros de las confrontaciones que vienen sucediéndose en esta excepcional edad democrática y popular de América Latina desde comienzos de siglo XXI, vemos entonces la significación que adquiere la reflexión crítica en relación a las vicisitudes entre Estado, sociedad y mercado globalizado.

Uno de los puntos débiles de los gobiernos latinoamericanos, incluido el de Cristina Fernández, es que no asumen la urgente tarea de construir una política a la altura de los desafíos diarios de esta época, que tenga como horizonte lo político emancipatorio. Porque no se trata de proponer un giro de precisión académica a los problemas, sino de una exigencia de pasaje a la política, en un tiempo argentino en el que se vuelven a discutir cuestiones esenciales que atraviesan nuestras prácticas. Pasaje hacia la política que nos confronta con las dimensiones de la justicia, la igualdad, la democratización social y la producción de nuevas formas simbólicas que sean capaces de expresar las transformaciones de la época.

En este sentido es que visualizamos la originalidad de lo que está ocurriendo en América Latina (más allá de las diferencias que existen entre los distintos proyectos nacionales) y los peligros a los que nos enfrentamos, peligros claramente restauracionistas de una lógica neoliberal hegemónica durante los años noventa. Teniendo en cuenta esta escena de nuestra actualidad, nuestro propósito es aportar a una fuerte intervención política –donde el campo intelectual, informativo, científico, artístico y político juega un rol de decisiva importancia– en el sentido de una democratización, profundización y renovación del campo de los grandes debates públicos. Estratégicamente se trata de sumar formas políticas que ayuden a fecundar una forma más amplia y participativa de debatir. Nos interesa pues encontrar alternativas emancipadoras en los lenguajes, en las formas de organización, en los modos de intervención en lo social desde el Estado y desde el llano, alternativas que puedan confrontar con las apetencias de los poderes conservadores y reactivos que resisten todo cambio real.

Pero también que pueda discutir y proponer opciones conducentes con respecto a los no siempre felices modos de construcción política del propio gobierno democrático: a las ausencias de mediaciones imprescindibles, a las soledades enunciativas, a las políticas definidas sin la conveniente y necesaria participación de los ciudadanos. Una nueva época democrática, nacional y popular es una realidad de conflictos cotidianos, y precisa desplegar las voces en un vasto campo de lucha, confiar, alentar e interactuar. En este sentido, sentimos que las carencias que muchas veces muestra el gobierno para enfocar y comprender los vínculos, indispensables, con campos sociales que no se componen exclusivamente por aquellos sectores a los que está acostumbrado a interpelar, no posibilitan generar una dinámica de encuentro y diálogo recreador de lo democrático-popular.

Creemos indispensable señalar los límites y retrasos del gobierno en aplicar políticas redistributivas de clara reforma social. Pero al mismo tiempo reconocemos y destacamos su indiscutible responsabilidad y firmeza al instalar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política desde el poder real que ejerce y conduce al país (no desde la mera teoría), situando tal tema como centro neurálgico del conflicto contra sectores concentrados del poder económico. Todo lo expresado y resumido da pie a la necesidad de creación de un espacio politico plural de debate que nos reúna y nos permita actuar colectivamente. Experiencia que se instituye como espacio de intercambio de ideas, tareas y proyectos, que aspira a formas concretas de encuentro, de reflexión, organización y acción democrática con el gobierno y con organizaciones populares para trabajar mancomunadamente, sin perder como espacio autonomía ni identidad propia. Un espacio signado por la urgencia de la coyuntura, la vocación por la política y la perseverante pregunta por los modos contemporáneos de la emancipación."

FIRMAS:


Mónica Abella Gustavo AbrevayaNilda Actis GorettaLeonor AcuñaSergio Leandro AgoffNelson AgostiniHoracio Mario AguilarSILVIA AgulleiroNorberto AlayónAndrés AldaoCarlos J. AldazábalJulio AlemánJorge AlemánFernando AlfónJorge AliagaDavid AljanatiHéctor Jorge AlvaroAna AmadoAna AmorosiniFederico AndahaziLeandro AndriniEduardo AnguitaNora AquínJavier AraujoAlejandro ArchainGloria ArcuschinRicardo AriasNicolás ArispeDiego BaccarelliMaría BagnatAlejandro BalazoteMaría Eugenia Ball LimaCarlos BarbaritoDomingo Andres BarradoRicardo BartísCristina BartolucciAlcira BasRoberto BaschettiDomingo BasileVicente BattistaHoracio Walter BauerTristán BauerMaría Cristina BazerqueMartín BecerraCristina BéjarMarta BellardiRodolfo J. BeltraminiLuis BenítezSilvia BerajáAna BerezinAdolfo BergerotOlga BeriachettoCarlos BermanJorge BernettiEmilio BerniniMarta BertolinoMarcelo BertuccioGraciela BiaginiAugusto BiancoGabriel M. BilmesHugo BiondiFernando BirriRafael BlancoDavid BlausteinJorge BoccaneraVilma BonettoJorge BoothEnrique BorcelGabriela BorgnaRuben BorreMaría Victoria BourdieuCarlos BoyleRodolfo BraceliAndrea BragasNora BritosMatías BrueraMario BurgosMario BurkunRoberto O. BustosElena CabrejasCecilia CalandriaSergio CalettiRubén M. CalmelsPilar CalveiroEdith CámporaMaría Elia CapellaDarío CapelliJulio CarabelliPablo Esteban CarabelliDiego CaramésAlfredo Juan Manuel CarballedaTeresa CarettiJoaquín Caretti RíosJorge CarpioRicardo CarrenaCarlos CarriqueAna CastañoCristina CastelloLeopoldo "Teuco" CastillaMariana CasulloNicolás CasulloGisela CatanzaroAna CauerhffAníbal CedrónSusana CellaMatías CerezoElda CerratoSusana ChecaSIlvia ChejterAlejandro CherepMagdalena ChiaraMaría Cristina ChillidaLeandro ChulakNoemí CiollaroGerardo CodinaJavier CófrecesPatricio ContrerasIvonne Copetti Roberto Tito CossaRicardo CostaAmérico CristófaloDiana CrucesFernando CukiermanCristina CuruchelarClaudia DagostinoRodrigo DaskalEmiliano De Bin Hugo De CristóforisCarlos De FeoCarlos De LorenzoDiego De MenechMaría De PauliOscar A. De SanctisSergio Del PieroVicente Di CioneOscar DíazGabriel D’IorioJorge DobalCristina DomenechNora DominguezJorge DubattiVictor DucrotSonia E DurandCarlos ErolesMarcelo Adrián EschoyezXimena Espeche Patricia EsperDaniel EzcurraAdrian FaigonAna M. FalcònMatías FariasCristina FeijóoJosé Pablo FeinmannHugo Arturo FeraudJulio FernándezZulema FernándezPablo FernándezJulio FernándezGerardo FernándezJulio Fernández BaraibarIsabel Fernandez BlancoMaximiliano Fernández De LorenzoJavier Fernández MíguezClaudio FerrariLeón FerrariLilia FerreyraCorina FiorilloCecilia FlachslandJorge FloresMarita FoixJorge FontanalsJuan FornAlejandro ForsterRicardo ForsterEduardo FoulkesCristina FraireDaniel FreidembergMarcelo FríasMarcelo "Nono" FrondiziLaura Fumagalli Patricia FunesJuan FurlinoJorge GaggeroOscar GalanteNorberto GalassoLily GaleanoLuisa Irma GalliSusana GambaEduardo GaravagliaSoledad GarcíaSusana García IglesiasLiliana García NudelmanSoledad García QuirogaGilou García ReinosoMariano Juan GarretaMaría Laura GarridoEduardo GarrigaLuis GasloliMiguel GayaMarisa GermainOctavio Gettino Luz GibertCarlos GirottiEduardo GiuriaJosé GlusmanNorma GoicoecheaMartha GoldinJorge M. GoldszmidtFlorencia GómezNorma Gómez TomasiAna I. GonzálezCarmen GonzálezCarmen Sara GonzálezJonio GonzálezLeopoldo GonzálezHéctor GonzálezHoracio GonzálezAna GonzálezEladio González Mario José GrabivkerGraciela GrahamMaría Inés GrimoldiEzequiel GrimsonClaudio Guevara Jorge GugliottaGraciela GuilisLeonardo GutmanRodolfo HamawiOlga HammarLiliana HeerLiliana HerreroCecilia HopenBenjamín HopenhaynGabriel HuarteSantiago HynesLido IacominiGabriel ImpaglioneCecilia IncarnatoMaria IribarneSilvina IrrasabalJorge IsaiasInés IzaguirreEduardo JozamiNemesio JuarezTamara KamentzainAlejandro KaufmanNorma KiselSergio KisielewskyMora KleimanMaggie de KoenigsbergAlejandra KohonLuis KonGuillermo KornLaura I LacreuAlicia LamasHéctor LaurencenaAndrés LazzariniMaría LedesmaMaría Rosa LeónMatías LeoniEugenia Levin Héctor LevyRoberto LeydetMaría Pia LópezAna Inés López AccottoAlejandro López AccottoRoberto Pedro LoprestiFederico LorenzFélix LorenzoMartina LorenzuttiDamian LoretiLiliana LukinJorge Ariel MadrazoAriel MagirenaCarlos MaidaMabel MaidanaBrenda MaierFortunato MallimaciAlejandro ManriqueInés Manzano Diana MargulisElisa MarinoGuillermo MartínezRomina MateosLiliana N. MayoralRoberto Mazzuca María Cristina MelanoAndrés MéndezCarolina MeraTeresa MeredizRolando MermetMarina MoguillanskyDaniel MojicaOscar M. MolekEmilce Moler Eduardo Molina y VediaEduardo MolinariHéctor MolinariMaximiliano A MolocznikLaura MombelloFederico MonczorPatricia MonsalveAlejandro MontalbánEduardo MontebelloÁngela Montero NeiraJorge E. MoreiraAlfredo MorenoOscar MorenoLiliana MorsellaMariana MoyanoEduardo MüllerMicaela MuñozMariana Muraca Daniel MuxicaAlicia S. MuzioRicardo NachtAlberto NadraAlejandra NaftalJack NahmíasEduardo NarvaezAurelio NarvajaRicardo NatchEsteban NicotraJavier NobileAldo Luis NovelliJosé A. 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